Siglo XIX (I). La Guerra de la Independencia (1)

Carlos IV era un hombre bonachón, pero débil, totalmente manejado por su esposa. Y a ésta quien la manejaba (en todos los sentidos) era un guaperas extremeño que de simple guardia de corps y por lo bien que manejaba a la reina había llegado a lo que hoy llamaríamos jefe de gobierno. El guaperas se llamaba Manuel Godoy. No era tonto del todo pero sí un vanidoso insoportable. Su vanidad, bien atizada por otro vanidoso que se llamaba Napoleón, nos llevó a la Guerra de la Independencia. Para una mejor comprensión hablaremos de esa guerra año por año y para no cansar al lector la dividiremos en dos capítulos.

Don Juan Álvarez de Castro, Obispo de Coria
Don Juan Álvarez de Castro, Obispo de Coria

España, Godoy, inicialmente se enfrentó a la Francia revolucionaria y fracasó (Francia invadió el País Vasco, parte de Cataluña y tomó alguna posesiones españolas en América). Como la principal enemiga de esa Francia era Inglaterra, país que también era nuestro principal enemigo desde hacía dos siglos, la España de Godoy se alió con los ingleses. Sin embargo, nuestros vecinos portugueses siguieron fieles a su secular alianza con Inglaterra. A Napoleón se le metió en la cabeza castigar al Portugal anglófilo. Un primer intento de castigo fue la llamada Guerra de las Naranjas tras la cual a Godoy, casado con una Borbón (a la que nunca amó y le fue infiel), se le concedió el título de Príncipe de la Paz. Es decir, el hijo de un hidalguillo extremeño pasó a ser príncipe con el título de Alteza Serenísima.

Al otro lado de los Pirineos gobernaba el hijo de otro hidalguillo corso que había tenido una carrera llena de éxitos. Al nacer se le había llamado Napoleone di Buonaparte, ahora se llamaba Napoleón I, emperador de los franceses.

Prácticamente toda Europa estaba bajo el control de Napoleón, salvo Inglaterra y su aliada Portugal. Después de la victoria inglesa en Trafalgar que hacía imposible el intento napoleónico de atacar a sus enemigos en su propio territorio, Napoleón decretó que ningún país podía comerciar con Inglaterra. Portugal, fiel a su aliado, incumplió el bloqueo.

Año 1807. En agosto España y Francia enviaron un ultimátum al gobierno portugués exigiéndole declarara la guerra a Inglaterra antes del próximo 1 de septiembre. Tanto por dignidad como por intereses, nuestros vecinos se negaron. Ante esa negativa Napoleón decidió acabar con el reino lusitano. Por eso, a finales de octubre se firmó el tratado de Fontainebleau en el que se acordó la tripartición de Portugal. El Algarve, una de esas tres partes del Portugal dividido pasaría a ser de Godoy con el título de rey. Para ayudar a ese reparto del país vecino el mariscal Junot pasó por Ciudad Rodrigo con destino a Portugal a mediados de noviembre. Iba al frente de un ejército 28.000 soldados algunas de cuyas unidades cruzaron Sierra de Gata para entrar en Portugal a través de Alcántara. Esas tropas no siempre se comportaban como aliados, sino como auténticas tropas de ocupación y exigían a los pueblos por donde pasaban avituallamientos que en pocas ocasiones pagaban; por ello las gentes mostraban resistencia a ayudar a los franceses y éstos solían reaccionar de forma violenta.

Uno de esos actos de auténtica requisa tuvo lugar en Moraleja en una fecha próxima al 20 de noviembre. Un destacamento francés exigió la entrega gratuita de vituallas, los moralejanos se negaron y el pueblo fue saqueado. Un historiador francés dice que poco después otro destacamento de algo más de seiscientos soldados napoleónicos quería pasar el puerto de Perales, le servían de guía ochenta sarragateños. Cuando estaban en la mitad del puerto nuestros paisanos abandonaron a los franceses y huyeron llevándose los caballos; muchas piezas de artillería se despeñaron. No hubo en esta ocasión mayores molestias que las causadas por el abastecimiento y aposento que hubo de darse a las tropas francesas porque el ejército galo tenía bastante prisa en llegar a Lisboa, ante cuyas puertas se encontraba a finales de mes.

Año 1808. Aunque el paso de soldados hacia Portugal fue incesante la situación estuvo tranquila hasta el momento en el que se supo en la comarca de los sucesos del 2 de mayo madrileño, de la consiguiente represión ordenada por Murat. El día 9 se conocieron en Ciudad Rodrigo tales hechos y el pueblo salió a la calle gritando contra los franceses. Actitud semejante se había seguido en toda Extremadura, región que fue la primera en levantarse contra el ejército supuestamente aliado, levantamiento al que se unieron los guardias fronterizos por lo que nuestra Sierra debió convertirse en el paraíso de los contrabandistas, como sugiere Galdós: “La raya de Portugal está hoy que es un bocado de ángeles...Además de que no falta género inglés muy barato puesto en Portugal, por la frontera y por las sierras de Gata y Peña de Francia no se ve un pícaro guarda, porque todos se han juntado a los ejércitos...".

Cuando se conocieron las vergonzosas abdicaciones de Bayona y la entronización del rey intruso José I Bonaparte el levantamiento del pueblo español contra los franceses se generalizó. Para sofocarlo, Junot ordenó que los generales Loisson y Avril dejaran las tierras portuguesas y entraran en España por Ciudad Rodrigo y Badajoz e intentaran poner orden en las revueltas tierras extremeñas. Loisson, que estaba en Almeida, envió dos oficiales a Ciudad Rodrigo el 7 de junio para pedir permiso de alojamiento de unos 14.000 soldados que pensaba retirar de Portugal. Se denegó el permiso solicitado y la ciudad se aprestó para la defensa, a la vez que se pidió ayuda a los pueblos de la comarca y a las ciudades más próximas: Salamanca, Zamora, Cáceres.

El día 10 de junio habían acudido al llamamiento numerosos vecinos de Sierra de Gata así como otros de Salamanca, Alba de Tormes, Alcántara, Torrejoncillo, Coria y Ledesma. De la villa de Gata habían llegado unos cien, comandados por don Pedro Hontiveros.

Ante la actitud de Ciudad Rodrigo al general Loisson no le quedó más remedio que dirigirse al fuerte de la Concepción, en Aldea del Obispo y desde allí hostilizar a los pueblos próximos. No se atrevió a intentar la toma de la ciudad en la que ya había unos 8.000 hombres sobre las armas.

Las providenciales victorias española en Bailén y portuguesa en Cintra conseguidas durante el verano, liberaron a la capital del Águeda y a los pueblos de su entorno de la presión francesa; pero la llegada de Napoleón a España a comienzos del invierno volvió a torcer los hechos.

Año 1809. En la primavera del año siguiente, el general Marchand se había vuelto a apoderar de casi toda la provincia de Salamanca. Ciudad Rodrigo era la única plaza fuerte que no dominaba; uno de sus subordinados, el general Lapisse invitó a los mirobrigenses a la rendición. El gobernador de la ciudad le envió como respuesta una descarga de artillería. El francés que tenía prisa por llegar a Portugal levantó el campo. Al día siguiente cruzó Sierra de Gata. Trevejo sufrió las consecuencias del malhumor del contrariado general: el castillo donde había una compañía de soldados inválidos (es decir: no apta para el combate, pero sí para la defensa) fue volado. Eran los días finales del mes de abril de 1809.

Durante el resto de la primavera y todo el verano hubo de soportarse el paso de diversas columnas francesas que se dirigían hacia Portugal, vía Alcántara.

A finales de agosto “pasaban tropas francesas por el puerto de Perales y su jefe destacó a cuatro soldados de caballería y a un sargento a pedir raciones a Gata. Desoyendo los cuerdos consejos de las personas sensatas de ese pueblo unos cuantos levantiscos se apostaron con escopetas a la entrada de San Sebastián, y disparando, al ver a la pequeña partida, mataron al sargento, huyendo los otros cuatro a llevar la noticia a la columna. No se hizo esperar el castigo. Las órdenes de Napoleón eran terminantes, y el pueblo donde se matara a un francés debía ser incendiado y sus habitantes pasados a cuchillo”.

Los gateños no esperaron la llegada de los franceses. “Con anticipación habían huido del pueblo, temerosos del castigo, los ancianos, las mujeres y los niños. Los demás al ver acercarse en ademán hostil a una columna francesa, huyeron también, internándose en lo más áspero de las sierras. Viendo los invasores desierto el pueblo, se esparcieron por las cercanías buscando víctimas, y a todos los que hallaron los asesinaron cruelmente, saqueando e incendiando cuanto hallaron a su paso”. Así murieron: Benito Valiente, José Blasco, Bernardo Cayetano, Antonio González de Diego y Josefo Blasco. Fueron sepultados en las ermitas de Santa Catalina y del Humilladero. También murieron el presbítero don Andrés Arias y su hermana Pascuala, quienes se habían refugiado en una choza.

Y no satisfechos con tantas muertes, nuestros presuntos aliados “el 25 y 26 de agosto saquearon e incendiaron muchas casas (la municipal y otras setenta y tres más), robaron las coronas de plata de la Virgen del Carmen, del Rosario y la Antigua, todos los manteles de la iglesia y las albas y amitos de la sacristía, el incensario y la naveta de plata, la concha de los bautizos”; y si no se llevaron más fue porque con anterioridad “se habían escondido las ropas y alhajas de valor de la iglesia” sin contar con que ya el año anterior se había mandado por la Junta de Defensa que “cuantas alhajas de oro o plata no fuesen absolutamente necesarias para el culto divino se entregasen a los comisionados de la Junta, y que los párrocos por cuantos medios les sea posible aviven el espíritu público para que todos acudan a la defensa de la Patria”. De la parroquia de Gata se habían llevado tales comisionados dos lámparas, una cruz, una custodia y un cáliz de plata. De la de Robledillo: seis candelabros y un crucifijo de plata regalados por el arzobispo Juan Pérez Galavís y un incensario, una naveta y unas vinajeras también de plata.

Pero no fueron esas las únicas heroicidades llevadas a cabo por el glorioso ejército de Napoleón. La misma columna que tantos desmanes cometiera en Gata envió un destacamento a Hoyos. En esa localidad estaba medio escondido el obispo de Coria.

Era éste don Juan Álvarez de Castro, un nonagenario, casi ciego, que regía la diócesis desde 1780. Había seguido la tradición centenaria de los obispos caurienses de enfrentarse a la Orden de Alcántara en defensa de sus derechos, consiguiendo los resultados de siempre: empate. Tenía fama de limosnero y como tal había acogido en 1792 a catorce sacerdotes franceses que huían de la Revolución, y los mantuvo hasta que en 1802, cuando Francia firmó un Concordato con la Santa Sede, Napoleón les permitió regresar.

Su desprendimiento por los bienes materiales y su patriotismo le indujeron a prestar un millón de reales a la Corona cuando a raíz del primer Tratado de San Ildefonso España entró en guerra con Inglaterra.

Desde 1805, y ya achacoso, residía casi habitualmente en Hoyos, rodeado del cariño de su sobrina María MartínMontero y Álvarez de Castro. El gobierno de la diócesis lo había dejado, con permiso del rey, a un coadjutor.

Después del madrileño 2 de mayo “dicta dos órdenes circulares, en junio y septiembre, recomendando a todos unión, disciplina y obediencia. Alienta y exhorta a los jóvenes contra el invasor Se ganó así una rápida fama de beligerante frente a los franceses, quienes tenían ganas de topar con él. Hasta en tres ocasiones tuvo que ser llevado en un sillón al apartado convento del Hoyo, en Gata, para huir de los invasores. En Hoyos había acogido al obispo de Tuy Juan García Benito, quien había tenido que huir desde su sede a Oporto y desde Oporto a Hoyos. Ambos fueron descubiertos cuando el general Lapisse bajó el puerto de Perales y tuvieron que esconderse primero en Valverde del Fresno y después en Villanueva de la Sierra. Marchados los franceses y el servicio de información serrano avisó de que el peligro había desaparecido. El obispo de Tuy regresó a su sede y el de Coria a Hoyos y allí estaba tranquilo. Las cosas cambiaron después de la batalla de Talavera. El mariscal Soult ordenó controlar el puerto de Perales y estableció un regimiento en esta localidad un regimiento. Soldados de ese regimiento se desplazaron por los pueblos vecinos para intentar acabar con cualquier intento de insurrección. En el amanecer del 19 de agosto llegaron a Hoyos. El obispo se hallaba en cama con bastante fiebre y nadie se atrevió a correr el riesgo de sacarle de ella. Se tenía la esperanza de que los franceses pasasen de largo y no lo descubriesen, pero parece ser que hubo un delator. Los soldados llegaron a la residencia episcopal. Mataron al portero que quería impedirles la entrada y el jefe francés se llegó hasta la cama del enfermo. Le conminó a jurar fidelidad a José I. Ante la negativa se le arrojó violentamente al suelo, se le desnudó y se disparó contra él, primero en los genitales y después en la boca. Por la noche, sin tañido de campanas, sin ceremonia de ningún tipo, clandestinamente, fue enterrado en la iglesia parroquial de Hoyos, colocada bajo la advocación de Nuestra Señora del Buen Varón, calificativo que tan bien le cuadraba al asesinado obispo.

Fue el único prelado español que murió a manos de los franceses. Nadie le ha reconocido sus méritos ni su integridad y nadie le consideró ni honró nunca como mártir nacional.

Sabemos que el 13 de septiembre los franceses habían desaparecido ya de la Sierra porque en esa fecha fue nuevamente habilitada para el culto la iglesia de Gata.

Dos días después llegaba a Ciudad Rodrigo el derrotado y huidizo Ejército de la Izquierda (español con algunos ingleses) de la Izquierda, el cual tras descansar unos días se desplegó por ambas laderas de Sierra de Gata. Estableció su cuartel general en San Martín de Trevejo; la línea de vanguardia en El Payo, Peñaparda y Navasfrías; la primera división en Acebo; la segunda fue repartida entre Villamiel y Eljas; la tercera, entre Perales y Villasbuenas; la quinta, en Hoyos; la división de caballería numéricamente la cuarta entre Villasrubias y Navasfrías; el parque de artillería en Acebo y el parque de reserva en Hoyos. El destruido castillo de Trevejo, ya inservible, quedó sin guarnición. La misión de este ejército era cortar la comunicación entre la meseta del Duero y Extremadura e impedir el tránsito por la frecuentada ruta Ciudad RodrigoPeralesCoriaAlcántaraPortugal.

Este ejército sstaba tan mal aprovisionado que "los soldados, como forajidos, salen a robar a los caminos públicos", dice un documento de la época. No solamente eran los soldados españoles los que robaban, también lo hacían sus aliados ingleses. Once soldados del 11º regimiento de húsares británico fueron sorprendiendo robando cerezas en San Martin de Trevejo y castigados por ello. Tiempo después a este regimiento, muy condecorado, se le concedió el privilegio de llevar pantalones de color cereza; por eso a sus componentes se les llamó y se les llama Cherry pickers (cogedores o rateros de cerezas). Nueve meses duró la "protección" que el Ejército de la Izquierda ofreció a nuestra comarca.