Siglo XIX (II). La Guerra de la Independencia (2)

Al comenzar 1810 prácticamente toda España estaba sometido, sin grandes resistencias, al rey intruso José I. Aunque no venga mucho a cuento respecto a la historia de Sierra de Gata acaso convenga decir que fue en ese momento y en esas circunstancias cuando gran parte de la América hispana hizo lo mismo que la España europea: no obedecer al rey intruso y que por ello se declaró independiente, independiente de la España napoleónica, no de la España de siempre. Pero, prosigamos con la Guerra de la Independencia en nuestra comarca

El general Wellington, duque de Ciudad Rodrigo
El general Wellington, duque de Ciudad Rodrigo

Año 1810. A finales de 1809 Napoleón ordenó a sus generales que expulsasen a los ingleses de una vez por todas de Portugal. Para ello era preciso que previamente limpiasen la frontera lusoespañola de enemigos. Ciudad Rodrigo era la principal plaza militar de ella que no estaba bajo dominio francés. El mariscal Ney, al frente de doce mil hombres se presentó ante sus muros. Invitó al gobernador, general Pérez de Herrasti, a que se rindiera. Este le respondió con una salida de sus fuerzas y una descarga de artillería que ocasionaron 150 bajas entre los franceses. Ante la resistencia mirobrigense Ney se retiró hacia las primeras estribaciones de la sierra de Gata y los pueblos próximos a Fuenteguinaldo para impedir que el general Wellington, que se hallaba en esta localidad, y el Ejército de la izquierda que estaba en la vertiente hoy cacereña de la sierra pudieran socorrer a la ciudad sitiada. A la vez, trataba de ganar tiempo esperando la llegada de su general en jefe, Massena. 

El 12 de mayo volvió Ney a intimar la rendición de Ciudad Rodrigo. Herrasti ni le contestó. Ambos bandos pasaron un tiempo estudiándose y reforzando sus posiciones. 

Esa especie de tregua fue aprovechada por el famoso guerrillero don Julián Sánchez, el Charro, para salir de la ciudad y dirigirse con un nutrido grupo de seguidores hacia Martiago y desde allí a Gata, uniéndose después al Ejército de la izquierda.  

Al final, más tarde de lo esperado, llegó Massena. El día 1 de junio comenzó un asedio bien organizado. Un mes después, Ciudad Rodrigo capituló, ante la pasividad de Wellington quien con pocas fuerzas prefirió no arriesgarlas en un combate incierto que en caso de perder abriría nuevamente a sus adversarios las puertas de Lisboa. El general inglés se internó en Portugal y el Ejército de la izquierda se retiró hacia el Sur extremeño. Ciudad Rodrigo y su campo, Sierra de Gata incluida, volvían a estar a merced de los franceses quienes nombraron un corregidor adicto e incluso un administrador para la diócesis. 

Año 1811. Sin mayor oposición en la frontera los franceses se internaron en Portugal. A finales de la primavera de 1811 se encontraban cerca de Lisboa. No sólo fueron incapaces de romper la línea defensiva establecida en torno a Torres Vedras, sino que sufrieron un sonado descalabro que les obligó a replegarse hasta Ciudad Rodrigo, donde se hicieron fuertes, dejando libre el territorio situado al Oeste y Sur de la ciudad. 

El general Wellington regresó a Fuenteguinaldo y desde allí se dedicó a reorganizar la comarca y preparar la contraofensiva. Estando en esta localidad recibió unas velas y cirios que le enviaron desde Gata. Admirado de su blancura y calidad encargó al cerero de esta villa, Diego Manzano, una buena cantidad de blandones que pagó espléndidamente y que envió como obsequio a la Corte inglesa. 

Aprovechando esa relativa liberación de la Sierra de Gata, el villamelano don Andrés Jerez, en su condición de canónigo más antiguo, convocó a sus compañeros de cabildo para reunirse en San Martín de Trevejo y proceder al nombramiento de gobernadores del obispado, ya que ninguno reconocía a los nombrados por los franceses. Ocurría esto en a comienzos del mes de julio. 

Reunidos los miembros del cabildo civitatense en la hermosa villa mañega el día 8 de julio destituyeron a los dos gobernadores eclesiásticos designados por Massena. Seguidamente se procedió a la elección canónica de los cargos acostumbrados con ocasión de sede vacante. Fueron nombrados vicarios capitulares el mismo don Andrés Jerez y don José Argüelles. Se dio cuenta de la elección a la Regencia, al Gobierno y al nuncio de Su Santidad en Cádiz. Tras dar normas para el buen gobierno de la diócesis, prestar juramento de fidelidad a las Cortes y al Consejo de Regencia, celebrar una misa y un Te Deum en acción de gracias, los capitulares como medida de precaución se dispersaron, ya que los franceses, al fin y al cabo, no andaban tan lejos. 

Ciudad Rodrigo fue finalmente liberada a mediados de octubre. La guerra había acabado para nuestra comarca en forma definitiva. 

Mientras los canónigos de Ciudad Rodrigo andaban bastante apurados, moría en su sede el obispo de León don Pedro Luis Blanco, quien era natural de Valverde del Fresno. Había sido con anterioridad bibliotecario de Carlos IV y había sido promovido a la diócesis de Albarracín, pero había renunciado a ella por parecerle lugar demasiado alejado y pobre, prefiriendo permanecer en la Corte al lado del rey. Cuando en el año 1800 se le ofreció la de León, bastante más halagüeña, aceptó. Fue uno de los numerosos obispos que no se sabe muy bien si por amor a la paz, por tener un espíritu ilustrado o por ser pura y simplemente acomodaticios, aconsejaron a sus diocesanos obediencia y docilidad al rey intruso José I. 

Año 1812. El día 5 de julio de 1812 don Andrés Jerez, en su condición de vicario capitular, exhortaba a sus compañeros de cabildo para que jurasen la Constitución. No fueron  precisamente un modelo de diligencia; desde el 19 de marzo, fecha de su promulgación, ya habían tenido tiempo más que suficiente para hacer el obligado juramento. 

Pero los canónigos tampoco debían ser un modelo de valentía y sí harto prudentes. Ante las noticias recibidas en noviembre de otra posible invasión francesa, acordaron una nueva dispersión y un reencuentro, por segunda vez, en San Martín de Trevejo. Aquí estuvieron, felices y contentos, hasta enero del año siguiente, cuando el peligro se había desvanecido en forma definitiva.