Siglo XVIII (VI). Carlos III (1759/1788): Datos sobre Sierra de Gata

Carlos III viudo desde el año siguiente de su llegada a España no se volvió a casar y mantuvo siempre una conducta privada ejemplar. Es el prototipo español de monarca ilustrado, esto es, del propósito de modernizar el reino. Es cierto que él dedicaba más tiempo a la caza que a ninguna otra actividad, pero tuvo el acierto de rodearse de colaboradores eficaces y honrados que pusieron en marcha programas reformistas y que supieron hacer frente a la resistencia de los estamentos privilegiados (nobleza e iglesia). Antes de emprender cualquier reforma sus colaboradores hacían un estudio de lo que había que resolver. Veamos lo que concierne a Sierra de Gata.

Escudo de Carlos III
Escudo de Carlos III

El problema endémico del hambre y la miseria, tan íntimamente relacionado con la falta de tierras de cultivo para la gente corriente debido a la acumulación de tierras en manos de la nobleza (tierras de mayorazgo), de la burguesía de cada localidad (tierras concejiles) y de la iglesia, todas ellas llamadas de manos muertas porque no se podían vender a particulares, intentó ser solucionado o al menos mitigado con una serie de medidas reformistas que los ministros ilustrados de Carlos III pusieron en marcha.

Por lo que a nosotros concierne, recordemos que el conde de Aranda ordenó en mayo de 1766 que las tierras baldías y concejiles de Extremadura, aptas para el cultivo fueran distribuidas entre los más necesitados. Como en la Sierra la mayor parte de las tierras eran propiedad de las Ordenes Militares o de la nobleza, los ayuntamientos eran como ahora pobres y apenas si se pudo repartir alguna tierra concejil.

En 1768 diversas provincias de la Meseta del Duero, entre ellas la de Ciudad Rodrigo, se dirigieron al rey exponiendo la decadencia de sus territorios, los problemas de la agricultura y como consecuencia de ello, el aumento alarmante del número de despoblados. Como solución se acordó que el reparto de las tierras concejiles se hiciera extensivo a toda España.

Para mejor poder llevar a cabo esa decisión al año siguiente se ordenó a los intendentes (gobernadores, diríamos hoy, por aproximación) que cumplimentasen un cuestionario en el que habían de exponer las condiciones económicas de sus territorios. Las respuestas remitidas por el gobernador de Ciudad Rodrigo formaron lo que hoy conocemos como Departamento de El Bastón de L.M.N. y M.L. ciudad de Ciudad Rodrigo. Año 1770. O más simplemente Libro del Bastón del cual entresacamos lo referente a los pueblos de Sierra de Gata.

Tenían vecindad en la ciudad, es decir: intervenían de alguna forma en el gobierno de ella, y a su vez Ciudad Rodrigo participaba, indirectamente, en el gobierno de los pueblos: Robledillo, Descargamaría y Puñonrostro.

Pertenecían al campo o distrito de Robledo, el ya citado Puñonrostro y Puñosa. Lo que equivale a decir que tenían aprovechamientos comunes con los demás pueblos del mencionado campo.

Eran villas o lugares exentos de la jurisdicción de la ciudad y por lo tanto no pertenecían a ningún campo: Descargamaría, Robledillo, San Martín de Trevejo, Torre la Mata, Villamiel, San Pedro, Villalba y Trevejo.

Existían los siguientes señoríos:

- Del duque de Benavente: Descargamaría, Robledillo, Puñonrostro y Puñosa.

- De la encomienda de San Martín de Trevejo de la Orden del Hospital de San Juan: San Martín (sólo en el nombramiento de justicias o autoridades locales), Villasrubias (en el mismo aspecto que San Martín), Trevejo, San Pedro, Torre la Mata y Villalba. A esta misma encomienda pertenecía también la iglesia del Santo Sepulcro, de Ciudad Rodrigo, que aunque teóricamente era una parroquia como las demás, por aquello de ser el comendador quien nombraba al correspondiente vicario, no tenía asignado ni un sólo feligrés.

- Villamiel era señor de sí mismo.

Había mercado los sábados en San Martín y los domingos en Villamiel.

El castillo de Trevejo tenía gobernador, con el grado de capitán, y guarnición formada por inválidos y tropa viva (apta para el servicio de armas). (Por la misma fecha la residencia y castillo de Santibáñez estaban ya ruinosos y sus rentas habían pasado al Colegio Mayor de Alcántara, en Salamanca).

El Libro del Bastón, nos habla también de la economía y la enseñanza en los diversos pueblos.

La enseñanza fue una de las grandes preocupaciones de los ilustrados. Tradicionalmente habían venido existiendo en los pueblos de una cierta importancia, pongamos que de más de 1500 habitantes, tres tipos de escuelas: las de “amiga”, las de costura y las parroquiales.

Las escuelas de amiga eran el equivalente de las actuales de preescolar. En ellas una mujer de buena moralidad y harta paciencia reunía, mediante corta retribución, a unos cuantos pequeños y los entretenía como mejor podía.

Para las niñas ya creciditas existían las llamadas escuelas de costura. Otra mujer, de las mismas características que la anterior, previa licencia de las autoridades y examen elemental de la doctrina cristiana, les enseñaba a leer y a escribir malamente, los principios de la fe y los más corrientes tipos de costura, bordado y cosas afines.

Las escuelas parroquiales eran el equivalente de las de costura, pero para los niños. El cura o el sacristán las más de las veces el segundo enseñaba a los muchachos algunos conocimientos lingüísticos y matemáticos muy rudimentarios, además de claro es las elementales verdades de fe.

Tanto las parroquiales como las de costura estaban en trance de desaparición y poco a poco iban siendo sustituidas por las escuelas municipales o de primeras letras, en las que el maestro era generalmente seglar.

Felipe V había regulado en 1743 las condiciones que tendrían que reunir los maestros seglares. Les exigía ser “tenidos por honrados, de buena vida y costumbres, cristianos viejos, sin mezcla de mala sangre u otra secta”; y en cuanto a los conocimientos el maestro de la época había de “saber leer sueltamente, así en libro de molde como de coro, bula, y letra manuscrita antigua y difícil; ha de saber escribir las seis formas de letras, que son: bastardilla, grifa, italiana, romanilla, de coro y redonda; ha de dar razón en la Aritmética de las cuatro reglas, con los quebrados, reducción, prorrateo, reglas de tres, compañías, aligaciones, mezclas y testamentos y falsas posiciones y extracción de las raíces cuadrada y cúbica; también ha de saber la Doctrina cristiana que contiene el catecismo del padre Ripalda”.

Carlos III reguló, por una famosa Real Provisión de 1771, algunos aspectos de la enseñanza y que en líneas generales venían a ser: la limitación de las iniciativas de los maestros, que ni los maestros enseñasen a las niñas ni las maestras a los niños; y que “para que se consiga el fin propuesto [la mejor educación posible] a lo que contribuye mucho la elección de los libros en que los niños empiezan a leer, que habiendo sido hasta aquí fábulas frías, historias mal formadas o devociones indiscretas, sin lenguaje puro ni máximas sólidas, con las que se depravaba el gusto de los mismos niños y se acostumbraban a locuciones impropias, a credulidades nocivas y a muchos vicios trascendentales a toda la vida,...mando que en las escuelas se enseñe, además del pequeño y fundamental Catecismo que señale el Ordinario de la diócesis, el Catecismo Histórico de Fleury, y algún compendio de historia de la nación, que señalen respectivamente los corregidores de las cabezas de partido con acuerdo y dictamen de personas instruidas”.

Nueve años más tarde, y a la vista de los resultados de su particular plan de estudios, el rey dispuso que los niños habían de aprender la Gramática y la Ortografía según las normas de la Real Academia de la Lengua; que como libro de lectura se utilizase la Introducción y camino para la sabiduría de Luis Vives “porque además de ser de buena doctrina es de corto volumen” y por ello barato, cualidad ésta notable ya que “la mayor parte de los que concurren a las escuelas son pobres” (lo que nos lleva a pensar muy mal de la cultura de los ricos). Prohibió además que los niños “se ocupen en leer novelas, romances, comedias, historias profanas y otros libros que, sobre serles perniciosos, no pueden dar instrucción”. Es decir, que el rey además de la eficacia impuso el aburrimiento en la enseñanza.

Ahora bien, ¿cuántas de estas escuelas de primeras letras existían en Sierra de Gata? En aquellos pueblos donde había convento, posiblemente en todos; en los demás quedaba a merced de las disponibilidades económicas y la buena voluntad del ayuntamiento respectivo casi siempre escasa o de alguna memoria o fundación piadosa. Únicamente sabemos algo de cuatro de ellas, todas para niños.

Había escuela de primeras letras en Gata; debían acudir unos 50 alumnos. Se financiaba con las rentas de una fundación y con lo aportado por el ayuntamiento. El maestro era seglar.

La había también en Robledillo. Tenía 40 alumnos y un maestro seglar que cobraba de los fondos municipales.

En Villamiel la escuela y la casa del maestro eran creación del canónigo don José de Jerez. Este construyó en las proximidades de su palacio dos edificios para esos menesteres y cedió además los bienes necesarios para que con sus rentas pudiese vivir el maestro. Asistían a la escuela unos 30 alumnos.

Caso especial era el de San Martín de Trevejo. No consta expresamente que hubiese escuela de primeras letras, aunque sí la había de Gramática (la segunda enseñanza de la época) lo que hace suponer que también debía haberla del nivel inferior. Posiblemente estuviera a cargo de los frailes del convento.

Esos estudios de Gramática a los que acabamos de referirnos tardaron bastante tiempo en ser regulados por el Estado. Fernando VI mandó hacer un estudio sobre las condiciones de estos centros. Carlos III aprovechó la información recogida por su hermano e impuso (1770) un ambicioso plan de estudios que comprendía Latín, Griego, Hebreo, Árabe, Filosofía, Derecho, Matemáticas, Física, Retórica y Elocuencia.

En 1769, un año antes de la reforma, existían escuelas de Gramática en Gata (allí se llamaba escuela de latinidad); ignoramos el número de alumnos que asistían; en Robledillo, con ocho o diez alumnos; y en San Martín de Trevejo, con 26 alumnos. Los gastos de esas escuelas corrían a cargo de los ayuntamientos tanto en Gata como en Robledillo, y del convento en San Martín. Sospechamos que después de la reforma, del nuevo plan de estudios impuesto por Carlos III, que exigía mayor número de profesores y más especialización, tales escuelas debieron desaparecer.

En San Martín se cursaban además estudios de Teología Moral con validez universitaria. A ellos asistían 12 religiosos y 4 seglares. Posiblemente estos últimos dejasen ese tipo de estudios en 1771 cuando Carlos III anuló la validez universitaria de los cursados en seminarios y conventos.

La enseñanza femenina era tan mala como siempre. Se intentó regular en 1783 y se recomendaba su financiación a las diputaciones y ¡a la Junta General de Caridad!.

Si la falta de tierras era un gran problema más grave aún era el sistema impositivo ya que los estamentos privilegiados (nobleza e iglesia) estaban exentos de los que se llamaban pechos concejiles (en el lenguaje de hoy: impuestos municipales). Para tratar de conocer cuanta gente había y en consecuencia a quien se podía cobrar realmente en 1787 el conde de Floridablanca, ministro de Carlos III, ordenó realizar un censo de los habitantes del país. Tenía la ventaja sobre anteriores intentos de que la población sería contada por personas y no por vecinos (caso de los vecindarios) o contribuyentes (caso de los catastros).

A través de él podemos ver cual era la situación jurídica de nuestros pueblos. Desde la creación de la intendencia (o provincia) de Extremadura, en 1785, pasaron a depender de ella, dejando de ser de la de Salamanca: Acebo, Cilleros, Eljas, Hoyos, Perales y Valverde. Siguieron perteneciendo a la provincia castellana: Descargamaría, Robledillo, San Martín, Villamiel y Trevejo.

Comparando los datos de la población según el censo de Floridablanca con la estimada según el vecindario de 1571, todos los pueblos de la Sierra salvo Eljas habían perdido en esos dos siglos una importante cantidad de habitantes. Ello pudo deberse a factores tales como las guerras con Portugal, que tanto daño habían hecho el siglo anterior; la irracional fiscalidad de la Hacienda Pública y el endémico problema del hambre. Por una u otra causa la Sierra, en su conjunto, había perdido más del 36 por ciento de su población en el período indicado.

En cuanto a los estamentos privilegiados sorprende el número excesivamente alto de hidalgos (quienes, recordémoslo, no pagaban impuestos municipales) en algunas localidades: 96 en Cilleros (casi una plaga), 24 en Gata y Torre de don Miguel(también aquí eran demasiados), 21 en Hoyos.

En nuestra Historia de Sierra de Gata, de la cual se habla en la Biblioteca Virtual de Sierra de Gata, se dan datos extraídos del Catastro de Ensenada de todas las localidades de nuestra comarca.