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Historias de usureros, prestamistas y gente necesitada

Chuchi del Azevo. Investigador. Centro de Estudios Sierra de Gata | 23 de septiembre de 2012

Parecía que la suerte cambiaba, incluso Emiliano tenía previsto cruzar a Portugal para hacer uno de sus tradicionales negocios y así poder devolverle a la tía Simona los intereses y el dinero prestado. Pero transcurridos quince días desde que éstos recibieron el préstamo...

Emiliano y Felicina llevaban toda la noche sin poder dormir, uno de sus hijos había enfermado de sarampión y las intensas fiebres no le bajaban. El médico del pueblo, que tenía por norma atender a las gentes más humildes de la localidad; aunque no tuviesen dinero para pagarle, les había dicho que era necesario que le administrasen unas medicinas; pero Emiliano llevaba bastante tiempo sin poder cruzar la frontera a Portugal y traer mercancía que pudiese generarle algún ingreso. Además Feliciana había agotado los escasos ahorros que tenía guardados en una pequeña caja de metal que escondía en la alacena de la cocina. Por tanto ni uno ni otro contaban con recursos para adquirir las tan necesitadas medicinas.

- Hay que hacer algo Emiliano, no soportaría que mi niño se muriese porque no hubiésemos podido pagar unas medicinas.

- No sé…….ya no sé de dónde sacar dinero, he agotado todos los recursos, no sé a quién le puedo pedir ayuda –Sentenció un Emiliano apesadumbrado.

- Yo había pensado acudir a la tía Simona. ¿Qué te parece?

- Sabes de sobra que no soy partidario de pedir prestado a esas sanguijuelas, no son personas serias y a la mínima te la juegan; pero me temo que esta vez no me queda más remedio que resignarme.

Feliciana tomó su toquilla y esquivando como pudo los charcos que se habían formado en las empedradas calles con la reciente lluvia corrió todo lo que pudo hasta que llegó a la casa de la usurera. Golpeó con sus nudillos enrojecidos por el frío el portón de la vivienda hasta que detrás de ella se escuchó un vocecilla.

- ¿Quiené? –Preguntó una vieja enjuta, cejijunta, con una larga cabellera trenzada que le llegaba hasta la cintura y misteriosamente vestida de negro.

- Soy Yo tía Simona, Felicina; quería hablar con Usted de un asunto -Respondió una joven Feliciana decidida a toda costa a salvar a su retoño.

La puerta se abrió lentamente y desde el interior Simona le indicó que pasara.

- ¿Qué es esi asuntu que te traí hasta mí moza?

- Verá tía Simona –le costó pronunciar a Feliciana. Tengo al más pequeño de mis hijos enfermo de sarampión y Don Cosme ha dicho que para salvarle es necesario que compremos unas medicinas que le curen, pero no tenemos dinero para ello; Emiliano no ha podido cruzar en meses a Portugal y Yo he agotado todos mis ahorros.

- ¿Y cuántu os jaci falta?

- Pues con unas cien pesetas sería suficiente. Feliciana aprovechó para pedirle un poco más de lo que costaban las medicinas por si la cosa empeoraba y era necesario llevar al bebé a algún sitio para que lo curasen.

- Esu es muchu dineru pa los tiempus que corrin; ya sabis que cobru de interesis la metá de lo que prestu y que en un mes me lo tenei que devolver.

-Sí, sí, conozco todas las condiciones y las acepto, no se preocupe. Respondió a toda prisa una Felicina impaciente por conseguir el ansiado dinero.

La tía Simona metió su mano en un bolsillo de su faltriquera y sacó un pequeño pañuelo que desató lentamente y con sus manos temblorosas desenrolló un fajo de billetes dándole a Felicina la cantidad que ésta demandaba.

Las mujeres se despidieron y a la joven le faltó tiempo para ir a la botica y comprar las necesitadas medicinas. Los días transcurrieron y el dinero se fue evaporando poco a poco; ya que ante la mejoría del bebé el resto del capital se dedicó a cubrir otras necesidades imperiosas de la familia. Parecía que la suerte cambiaba, incluso Emiliano tenía previsto cruzar a Portugal para hacer uno de sus tradicionales negocios y así poder devolverle a la tía Simona los intereses y el dinero prestado. Pero transcurridos quince días desde que éstos recibieron el préstamo la vieja usurera se presentó en casa de Feliciana y Emiliano.

- ¡Feliciana, moza! ¿Estás en casa?

- Sí espere un momento, ¿Quién es? –Preguntó dubitativa Feliciana, a quien la voz le sonaba pero no era capaz de ponerle rostro a la misma.

Cuando Feliciana abrió la puerta y ante ella apareció el rostro de la usurera se quedó pálida; sabía de sobra que esa visita nada bueno podía acarrear.

- Dígame tía Simona, ¿Qué se le ofrece?

- Pues verás moza vengu a que me devuelvas lo que te presté y por supuestu los correspondientis enteresis.

- Pero…… eso no es lo que habíamos hablado –respondió alarmada e indignada la joven. No ha pasado el mes, ¿Cómo quiere que se lo devuelva si yo no he podido vender las puntillas de encaje y Emiliano no ha podido pasar a Portugal.

- Esu no es mi probrema moza, si no tienis el dinero me tendrás que dar algu a cambiu y si no ya sabis al chirolu.

La vieja no espero la respuesta de una Feliciana afligida y alargando su mano le arrancó del cuello un precioso collar de oro de bellas bolas decoradas con finas filigranas que la tradición orfebre salmantina había popularizado entre las mujeres de este norte de Extremadura. Y mientras lo guardaba en su faltriquera abandonó el lugar dejando a una enmudecida Feliciana que sólo hacía que pensar en la advertencia de su marido.

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