Jálama Jalamea nun me da pena pul ti si nun pul u oiru que te quea

En el evocador Valle de Jálama (Val de Xálima), que bien podría ser declarado como una obra de arte merecedora de ser trasladada al lienzo de un retratista del saber popular, existen numerosos dichos y refranes populares que se engloban dentro de una amplia gama de costumbres folklóricas, que si bien muchas de ellas pueden ser compartidas con otros lugares, lo cierto es que la cultura popular de San Martín de Trevejo, Eljas y Valverde del Fresno presenta la singularidad que solo una lengua propia puede otorgar: a fala.

Así, las leyendas conformadas por ogros, elfos, sátiros, brujas y ninfas, se sucederán en el tiempo,  perdurando en nuestras mentes, generación tras generación, aquellos a quienes la naturaleza no pertenecía y los dioses habían maldecido. Debido a que el culto a los montes y los árboles comenzó a extenderse desde tiempos pretéritos, el pico de Jálama ha sido protagonista de numerosas leyendas de brujas, que con sus escobas revoloteaban y habitaban este lugar. Sin embargo, los mitos sobre encantamientos se centraban en el Vál de Xálima principalmente sobre otro arquetipo de féminas, las moras, que al no ser de religión cristiana, eran propensas a protagonizar los ensueños supersticiosos de los habitantes del lugar. Se decía a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, que en las magnánimas rocas que se ubican en las Torres de Fernán Centeno (As Torris) habitaba una mora encantada, nieta del gigante Fierabrás de Alejandría, que durante los días miércoles, jueves y viernes de Pascua salía de su oculto hospedaje para contemplar la luz de las estrellas mientras se entretenía jugando con dichos mazacotes rocosos. Efectivamente, algunos lugareños de la época atestiguaban haber contemplado en aquellas noches los colosales bloques de granito a varios metros de altura impulsados por la encantada mujer, la cual, al finalizar sus atronadores juegos dejaba todo ordenado tal y como estaba. Se lamentaban los comarcanos de no poder utilizar estas tierras para sus labores por temor a que la nieta de Fierabrás en uno de sus resonantes recreos pusiera en peligro sus vidas.

Dejando a un lado las leyendas y supersticiones del Valle, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, nos adentramos ahora en una manifestación folklórica muy singular que se llevaba a cabo en la noche de San Juan, en la villa de San Martín de Trevejo, allá por el año 1901. Dº Publio Hurtado dejó constancia de cómo los jóvenes mañegos que deseaban contraer matrimonio acudía a la plaza y se situaban alrededor del pilón, que aún hoy en día preside dicho lugar. Cada joven, portaba un huevo y un vaso de agua para escarchar dicho alimento a la primera campanada de las doce y posteriormente vaciarlo en el vaso. Dependiendo del objeto que se dibujase en el agua el porvenir de los célibes podría estar en el mar, tierra adentro, junto a las armas o en un convento.

Resulta primordial recordar hoy en día estas añejas costumbres y leyendas, que forman parte de nuestro pasado, de nuestra historia, y que si bien deparan unos ratos de solaz al lector, también fomentan que se propaguen hasta nuestros días, en forma de tradición, las usanzas de aquellos que no aparecían en las gestas de los reyes y no tenían voz.

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