Recuerdo, siendo niño, haber acompañado a mi abuelo a un pinar del pueblo donde hacía una entresaca de pinos. De entonces guardo el recuerdo de un obrero, motosierra en mano, cortando pinos y como después los desramaban y de un mulo arrastrando el tronco para sacarlo del monte. Toda la acción se desarrollaba en un pinar donde el suelo aparecía apenas cubierto de holliza, totalmente ausente de vegetación y donde una gran piedra clavada en el suelo llamó entonces mi atención.

-- Abuelo, esa piedra clavada en la tierra, ¿para qué esta ahí? - Guardó silencio un momento y, levantando la mano, señaló otra piedra similar, igualmente clavada en el suelo, unos cien metros más arriba.

-- ¿Ves aquella piedra encima de un montículo?- dijo al tiempo que posaba su mano en mi hombro.

-- Sí - le respondí. Y mirándome a los ojos me contestó.

-- Ésta piedra de aquí y aquella de más arriba son mojones y sirven para que, cuando este pinar sea tuyo, sepas que extensión de terreno abarca la propiedad.

El otoño pasado, una estación del año en que la sierra de Gata se pinta de colores ocres y bronces de atardecer, y cuando los senderos cubiertos por las hojas de  castaños y robles invitan a caminar,  me calcé las botas y salí al monte. Aquella mañana tenía la intención de conocer una propiedad que había heredado, en concreto un pinar, el mismo en el que cuarenta años antes mi abuelo me enseñó para que servía aquella piedra clavada en la tierra, es decir un mojón. Previamente, antes de salir de casa, me leí unas viejas escrituras de propiedad en las que se describía, con todo lujo de detalles, dónde se encontraba el pinar, cómo se denominaba el paraje y con qué propietarios lindaba.

Después de andar un buen trecho, cruzar algún arroyo y disfrutar del paisaje, llegué a mi destino o al menos eso creí porque todavía hoy dudo de si mis pies hoyaron el pinar que en suerte había heredado. Una vegetación espesa y frondosa cubría el suelo: brezos, carquesas, madroños, jaras y demás arbustos me impedían avanzar mientras mis pies tropezaban, una y otra vez, con restos de antiguos trozos de pinos calcinados. Una cortina de pinos jóvenes, que habían crecido desordenadamente desde el último incendio ocurrido hacía ya más de veinte años, no me dejaba ver más allá de mis narices. En mi empeño por avanzar entre aquella maleza y sobrepasar la empalizada que se alzaba delante impidiéndome seguir, las ramas de los arbustos me guanteaban la cara y los palos me golpeaban como si la naturaleza se vengara en mi persona por su abandono. Al cabo de un rato me encontré rodeado y medio de una selva en la que, a duras penas, entraba la luz solar. Cuando quise darme cuenta estaba perdido y desorientado, en medio de un pinar en el que apenas me había internado doscientos metros. Encontrar un mojón allí era como buscar una aguja en un pajar.

Mientras buscaba una salida del dédalo leñoso, de aquel laberinto sin caminos ni senderos y sin apenas luz, un pensamiento cruzó mi mente: “Si mi abuelo viese en que jungla se había transformado su pinar le daba algo”. E incluso me dije: “Que si se encontrase en la misma situación en que yo estaba, en ese momento, fuese capaz de orientarse y salir de allí”.

Al fin, después de bracear como un náufrago en medio de la maleza, con el cuerpo dolorido y varios arañazos repartidos por cara, brazos y piernas alcancé la pista desde la que había accedido al pinar. Una sensación de libertad se apoderó de mí como si hubiese salido de una mazmorra medieval.

 De regreso al pueblo fui cavilando, ahondando en los recuerdos de mi infancia, para concluir a que grado de desorden, dejadez y abandono habían llegado, ya no sólo los pinares sino también los olivares, los huertos y las viñas de las que, no hacía tantos años, habían vivido las gentes del pueblo.

Pequeñas propiedades aparecían, aquí y allá, inundadas de zarzas que trepaban por los troncos de los olivos; en los huertos crecían encinas y alcornoques desordenadamente; las paredes  de piedra se habían arrumbado y muchas veredas y senderos habían sido engullidos por la voraz maleza. Parecía como si la naturaleza, en su versión más salvaje, hubiera retornado para apropiarse de la tierra que el hombre antes cultivó y posteriormente desdeñó desagradecidamente, para hacerse definitivamente con ella y no soltarla más, aprisionándola con sus raíces y abrazándola con sus ramas.

Andando bajo el Sol del membrillo otoñal me preguntaba cómo aquellas tierras habían llegado a aquel estado de abandono y olvido. Por qué aquellos pinares, viñas y olivares de fruto generoso y abundante, agradecidos al esfuerzo del hombre, habían sido repudiados como si de un apestado se tratase. A qué grado de indiferencia habíamos llegado y cómo apartábamos nuestra mirada de lo que un día fue un vergel hoy transformado en un bardal donde crecen abundantemente los espinos y las malas hierbas.

El hombre, el paisano, el hijo, el nieto, yo entre ellos de aquellos que un día arrancaron los frutos a esta tierra con el sudor de su frente, comemos hoy los frutos de otras tierras en las ciudades, cómodamente sentados a la mesa. Nuestro sudor, decimos ufanamente, ya no riega la tierra y nuestro esfuerzo y trabajo en fábricas, talleres, oficinas o empresas es, en ocasiones, gratamente recompensado.

Aquella tierra que durante siglos dio de comer a nuestros antepasados, que fue de promisión a generaciones, es hoy un recuerdo vago y pasajero del que quedan algunos testimonios en forma de azadas oxidadas, hoces retorcidas, canastos destripados y sacos de arpillera carcomidos por el polvo y el paso del tiempo.

Durante aquel paseo otoñal me consolaba pensando que las gentes de nuestra tierra, entre las que me incluía, no habíamos hecho ni más ni menos que la de otros muchos pueblos de nuestra geografía: emigrar para sobrevivir o que bien éramos los hijos de aquellos que un día tuvieron que dejar el terruño porque en otros lugares se empezaba a vivir mejor, más cómodo y mejor pagados. Que, en definitiva, éramos afortunadamente víctimas del progreso y que aquel modo de vida pertenecía irremediablemente al pasado.

Al llegar a casa me duché con agua caliente, encendí la vitrocerámica y me hice un café. Sentado cómodamente en un sillón frente a la estufa eléctrica conecté el ordenador portátil y, en el buscador de Google, escribí las siglas SIGPAC. Me metí en la página y tecleé el nombre del municipio. En la pantalla del ordenador apareció una foto del pueblo hecha desde un satélite. Con el ratón, llevando el cursor sobre la pantalla, me situé en el mapa del término y pinché con precisión, un par de veces, en un lugar determinado. Poco a poco la fotografía fue desapareciendo y, en su lugar, fueron surgiendo formas, más o menos, geométricas y pixeladas en distintos colores. Cada color representaba la producción agrícola del perímetro que abarca esa tierra: viña, olivar, pinar, encinar, etc. Otra pestaña ofrecía la posibilidad de saber la superficie de las parcelas y si la titularidad era pública o privada. En un rincón de la pantalla, entre un mosaico de pequeñas parcelas, dejé posado el cursor y pinché de nuevo. Una serie de dígitos aparecieron sobreimpresionados informándome de la latitud y la longitud geográfica. En una aplicación de otro programa, cruzando una serie de datos, era posible saber a quién pertenecía aquel rectángulo de terreno que aparecía en el ordenador. Sólo tenía que pulsar un botón con el cursor para saber si aquel pinar, que había sido de mi abuelo, ahora me pertenecía. En aquel momento me acordé, una vez más, de aquel día en que acompañé a mi abuelo al pinar y le pregunté sobre aquella piedra clavada en el suelo.

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