Hemos hablado largamente en este periódico de la crisis económica mundial, sobrevenida inicialmente por el crac financiero norteamericano. A ella se añadió la crisis inmobiliaria, made in Spain, surgida tras la escandalosa manía de dedicar cantidades ingentes de empresas a la industria del ladrillo, espoleadas por el abaratamiento del suelo, la posibilidad de enriquecimiento rápido y el exagerado afán recaudatorio de los Ayuntamientos. Pero se pinchó la burbuja e hizo caer los sobrevalorados precios de las viviendas, hundió las ventas y los alquileres y paralizó la construcción, llevando a la situación de paro a millones de trabajadores por cuenta ajena y a la bancarrota a miles de emprendedores que habían colocado todos sus ahorros y esperanzas en empresas subsidiarias. 

A estas dos se añade una tercera que ha surgido con virulencia en los últimos días, pero que clava sus raíces en las entrañas de la dictadura y lleva merodeando sin parar durante toda la transición y el largo periodo democrático actual. Se trata de una crisis corrompida que ha volatilizado miles de millones de €uros hacia paraísos fiscales, capaz de dejarnos sin liquidez si no fuera porque estamos acogidos a una moneda europea que no depende, como antes, de la cantidad de oro almacenado.

La teoría de cerrar los ojos ante la firme creencia de que es imposible tener un corrupto en una formación política, ha permitido que este tipo de gentuza se beneficie de un enriquecimiento fácil e ilícito mientras los demás militantes trabajan afanosamente por difundir la ideología o sacar adelante los proyectos políticos del partido en cuestión. 

No es que Miguel Ángel Blanco no sea la imagen a imitar por su partido político, que debe serlo, como deben serlo la de miles y miles de políticos honrados. El problema radica en que por la misma puerta que entró en la militancia política este joven, que dejó su vida en representación y defensa de los ideales de un partido, han entrado, al parecer, otros que presuntamente también se están dejando la vida, pero por llenarse la billetera en aras de un falsa defensa de la misma política. Mientras que a los políticos vascos se les racaneaba una mínima protección en su seguridad, otros, se sospecha, creaban una presunta trama, perfectamente urdida, con el único objetivo de enriquecerse. 

Incluso en el caso de beneficiar a un partido determinado, por las donaciones o regalos de los empresarios, agradecidos estos por el beneficio de las actuaciones privadas y por las generosas adjudicaciones públicas, este tipo de gente, sin escrúpulos, actúa con la única intención de perpetuar esas gratificaciones, que, entre mitin y mitin, engordan cuentas de ahorros privadas. Por eso no es políticamente correcto mezclar el honesto nombre de Miguel Ángel Blanco con el de individuos que se han ofrecido, aunque haya sido con la condescendencia de sus jefes, para el realizar el trabajo sucio de las oscuras cavernas de los partidos políticos. Algo que debería desaparecer, de un plumazo, como gesto de buena voluntad hacía una verdadera y consensuada Ley de Transparencia.

Pero la crisis por la corrupción no se limita sólo a la contabilidad de las formaciones políticas. Muchas grandes, medianas y pequeñas empresas han ninguneado hasta la saciedad el pago de los tributos debidos a su actividad, se han desgravado los gastos más inverosímiles, han pagado con dinero en negro, han mantenido, encerrados en sus cajas fuertes, los libros en B y optan a la evasión de capitales…, por si vienen mal dadas. A esto se añaden algunos deportistas de elite, entendiendo por elite a los multimillonarios, que también se llevan el dinero a paraísos fiscales para permitirse pagar menos impuestos, que en ningún caso recaen sobre el territorio nacional. También los trabajadores manitas que, con pequeñas facturas sin IVA, realizan chapuzas, serie B, sin control fiscal, y aquellos que buscan incansablemente el beneficio de las instituciones públicas simulando situaciones precarias inexistentes, aunque estos últimos son los de menor volumen económico del conjunto.

Si damos por buena la premisa de que a  los países del €uro, como al resto de países del entorno, les está costando sudor y sangre salir de aquella primera crisis, que atenazó el sistema financiero de los Estados Unidos de América del Norte. Imagínense, por un instante,  el esfuerzo supletorio para España al abordar la segunda crisis generada por el ladrillo. El más difícil todavía será sortear esta tercera crisis de las corruptelas que no sólo han disparado las cuentas públicas, al encarecer los proyectos, sino que además ha minado la moral pública, creado alarma social, e invertido la escala de valores, metiendo un torpedo en la flotación necesaria para que navegue y se haga creíble  la marca España.

No sabemos que declaraciones nos quedan por escuchar y leer, pero si lo publicado recientemente, sobre los contactos entre el Presidente Mariano Rajoy y el extesorero Luis Bárcenas, es cierto, nos encontramos con un Gobierno tocado en su más alta representación y con una España vista con desconfianza por los potenciales inversores nacionales y extranjeros. La descapitalización del Eurovegas madrileño, proyecto que no es santo de mi devoción, es un patente ejemplo de ello.