En silencio se recupera el campo, negro sobre blanco, 

no hay tiempo para el dolor ni para el llanto

Sergio Franco Topo. Acebo. Ahilandu palantri
Sergio Franco Topo. Acebo. Ahilandu palantri

Ya empiezan a escucharse sonidos en el silencio, rotos por el canto del jugador de treinta en bastos. Vuelven los pájaros aflautando sus trinos en el regato. Las lagartijas menean su largo rabo sobre el amollecido musgo de las canchaleras. Se escucha el canto de la gurrupéndula con su cestita de melódica música y algún que otro grito victorioso del rabilargo sobre la corteza del seco árbol. La asustada mierra menea sus alas sobre la hiedra y, en lo más alto del cielo, una real mancha clava su aguda vista sobre un veloz conejo que baja por la cañada. Se salvó la casa del águila sobre el ruido del agua, eco de pizarras negras en el largo cuello de la barrera. 

Llévame serrana al cielo,

donde no alcanza el humo,

dónde no llega el fuego.

Méceme en el viento

de este maldito sueño (1).

Por el alto de las Vegas pasó el espíritu cautivo de las águilas calzadas, culebreras y perdiceras, el milano vigilando al topo en la sementera. Picabarrenos, cotorobís, avejarucos, abubillas, lechuzas, pescadores, picapinos, búhos, cernícalos, perdices, aviones, ruiseñores, currucas, zarceros... con lastimosos quejidos en asamblea de su calvario, abandonados en los montes pelados del escenario. Dónde están aquellos amigos de antes –pregunta paciente un mochuelo-, los que escribieron poemas y canciones de bellas palabras vanas. Destino incierto de animales salvajes dejados a su suerte como se abandona al sirio en las fronteras, alambradas de muerte. Qué queda del erizo de recios pinchos y de la gineta de pelo marrón con bandas negras, del meloncillo con cola de pincel y de la nutria alargada y esbelta. Dónde están la culebra vestarda y el lagarto verdinegro, el alacrán rojo  y la víbora jocicúa. Se comerán los unos a los otros en fríos banquetes de cementerio y sus almas nativas bailaran desconcertadas en la víspera del santo asaetado, entre capazos de carozo y serones de vendimia. De nada servirán la pólvora de las escopetas, ni los tambores, ni los gritos desaforados de las gargantas secas para expulsar, tanto espíritu errante, de las plazoletas. 

Los peces murmuran en el agua y la lavandera agita su cola en la piedra, las avispas juntas en la fuente y, jurando bajo el puente, la trucha prisionera, que mientras no baje mucha ceniza con ellos no va esta quimera. Zeus con su cañón de miedo en el cielo, rayos, lluvias, torrenteras,…

Angustiada la madre llama a sus pequeños jabatinos para que, después de  hociquear las raíces de la carrasca y la junquera, bañen de barro los efímeros rayones de la su nacencia. Pace tranquilamente el ganado en alpacas pardas de pasto enrollado, mientras doblan sus cencerros, que quedaron en el camino no pocos compañeros yertos. Una mariposa blanca vuela ajena y un brillante abejorro, sobre las campanas azules del digitalino, me cuenta sus penas. La rana verdea en el estanque y el escuerzo quieto, duerme pegado a la húmeda pared de la goma de riego. 

Érase una vez, un mariposa blanca

que era la reina de todas las mariposas del alba,

se posaba en los jardines,

entre las flores más bellas,

y le susurraba historias al clavel y a la violeta.

Feliz la mariposilla, presumidilla y coqueta,

parecía una flor de almendro

mecida por brisa fresca (2).

Asoman todavía naranjas en los naranjos, el melocotonero juega con la higuera, y un brotecillo del roble coquetea con las zarzas de la regatera. ¡Ya huele a mil flores y se escucha el rumor de las gentes por las veredas! ¡Qué hay mucho olor a jara en la nuestra Sierra!, siendo el hombre el que pasa y ella la que queda. 

Al fondo Jálama, coronada por nubes algodonadas que curan su alma partida de ver impotente la terrible acometida. Arcón de crónicas e historias, muerte de Viriato, paso de Almanzor, tierra de gatos, leones enamorados, libertad del Empecinado, leyendas de tesoros, tierra ganada a moros … Abandonaron los dioses a la vetona diosa, pérdidos en alguna baconada ociosa. ¡No te preocupes por mí! -le grita el teso Porra-, mañana me quito este luto negro y le doy color a mi ladera, que no van a robarme unas llamas el verdor de la pradera. La Osa calladita, aunque sabe que no tiene culpa de aquella explosión maldita. Unas cabras perdidas hacen sonar las esquilas, por si anda el pastor cerca, que ellas tienen las ubres llenas y él es diestro cuando ordeña. Se barrunta en la alameda el frescor que se cuela y, en la cotorina de un almendro, la ardilla tantea el viento.

N´esta tierra tan polía,

n´esta tierra sin igual,

Jálama es lo más altu

que se ve desdi el lugal.

Tal que sabin los pastoris

el tiempu pola su sombra:

“quandu Jálama tieni toca,

Perosín tá jechu una sopa (3).

El año que viene, niño, volverán las perseidas a recorrer vivaces el cielo y nos despertará el ruidoso dorondón de los chocallos con un chorro de leche fresca, la que deja un círculo de espuma sobre tu cara de luna llena. El próximo año, dagal, el sol hará su diaria ronda de luz por las montañas y dará paso a las estrellas, ventanas de coquitos de luz como blancas sábanas. El arado, muchacho, dibujará bajo tus pies surcos de líneas simétricas y tú irás y vendrás con el cántaro lleno de agua fresca, bajo el pericuto de la fuente de la Rueda. Mañana, resurgirá el ave fénix de las sus cenizas y el león rampante recordará tiempos de querellas, cuando hubo que empezar desde cero en la nuestra Sierra.

El sol, joven y fuerte,

ha vencido a la luna,

que se aleja impotente

del campo de batalla.

La luz vence tinieblas

por campiñas lejanas.

El aire huele a pan nuevo,

el pueblo se despereza.

Ha llegado la mañana (4).

No olvidemos lo que pasó sino queremos repetirlo: Una nube de humo blanco tras las paredes de la iglesia, las palomas levantaron el vuelo y los rabilargos en histéricos gritos presintieron nada bueno. De pronto el fuego cesó, el hombre dueño de artilugios y mangueras, lo había domado. El sosiego envolvió la paz de las alacenas, las palomas volvieron a posarse sobre el alero y los rabilargos continuaron con el picoteó de brevas e higos maduros con su típico revuelo. Luego aquello prendió de nuevo e hizo historia para las crónicas de la memoria. De cuando niño y padre pisaron el ardiente brasero, trampa carbonera de remolinos negros. Ovejas muertas sobre el caliente suelo. Datos fríos de cuando un día prendieron los pueblos de Alba en avenida larga.

Acebo                        4.436 hectáreas

Perales del Puerto    1.500 hectáreas

Hoyos                       1.156 hectáreas

Cilleros                         391 hectáreas

Moraleja                       106 hectáreas

Gata                             105 hectáreas

Villasbuenas de Gata     71 hectáreas

Villamiel                         68 hectáreas

Los pinos del Icona, política rancia de pino pinaste, echaron resinoso combustible al siniestro, y siendo que nunca nos dieron nada, casi nos quedan muertos. Quitaron la biodiversidad del bosque autóctono, conjunto de especies. Eliminaron miles de cabras capaces de prevenir incendios, de cuando el monte se apaga en invierno. Plantaron pinares invasores, creando un bosque foráneo que, como no es rentable, arde por los cuatro costados, abaratando el coste de lo arrasado. Robles, encinas, alcornoques, madroños y castaños inútilmente se desgañitaron: ¡Qué no queremos ese pino baboso como hermano, ese que sólo da los buenos días al pirómano!. 

Luego,..., nos volvimos locos en el duelo. Que dicen lo mismo los políticos en Cualedro que en Acebo, que se condena tanto al pirómano como al bombero, que se crítica menos al redactor que al mensajero, que se tiene más miedo a la paz que al fuego.

Una, dos y tres,

una, dos y tres,

lo que usted no quiera 

para el bosque es.

Las palabras restallan en el viento: prohibido coger piñas, prohibido pactar el ganado, prohibido quemar rastrojos, prohibido plantar viñas, prohibido vender vino, prohibido limpiar regatos, prohibido podar ramas, prohibido cortar leña, prohibido talar pinos, prohibido vender propios, prohibido coger orégano, prohibido poner gomas, prohibido llevar agua, prohibido vender leche, prohibido hacer queso, prohibido palrar de recio, … 

Qué prohíban, prohibir, ¡coño!. Queden los mandamases y los señorones en paz con su mesa de caoba y su pluma de pato y déjennos a nosotros la segureja y el sacho. De aquellos polvos estos lodos que, visto el resultado, antes que mal acompañados, mejor solos.

Vengan a ver, 

lo que no quieren ver.

(…)

Vengan a ver.

Vengan de una vez.

Vengan de uno en uno.

Vengan desarmados.

Vengan, atrévanse.

No traigan sus perros.

Venga, no amenacen.

Miren, mejor no vengan.

Venga, váyanse.

Venga piérdanse.

Venga, muéranse (5).

El hombre, pegado a la tierra, dibuja una nueva economía de montes, campos y prados. El campusinu serragatinu, encorujado entre el dolor y la esperanza, encorvado por la tristeza, riega con sus lágrimas el terruño de la su nacencia y, sacando fuerzas de donde las haya, se levanta temprano altivo sobre el naranjo y el olivo, sobre la leche y la lana, sobre la escobera y el berezo. No puede perder de vista una tierra que saca de la uva el vino y de la aceituna el aceite y, a poco que te descuidas, millos, tomates, pimientos,  patatas, calabazas, sandias, melones, peras y manzanas silvestres... En el prado pace la vaca, en el monte la cabra, la borrega en el olivar y el cochino en la cuadra. 

Mira tú ahora los ríos, por donde cristalina la luna pasa queriendo beberse de un sorbo el agua clara, y ven a los medievales pueblos de heráldicos escudos y ventanas adinteladas, por donde asoman los serragatinos luciendo su bella cara. Te llevarás un tupido olor a tomillo y a jara.   

Bendita Sierra de Gata,

bendito sea nuestro suelo,

benditos sean los hombres

que en dicha sierra nacieron (6).

Nota del autor: A todos aquellos que debiendo y pudiendo venir no vinieron. Gracias a los que han estado en y con la Sierra de Gata y a todos y a todas los que han mostrado y siguen mostrando su solidaridad y su valentía para con la Comarca, incluyo bomberos y periodistas.

NOTAS

1.- Julián Puerto. “Águila Real”.

2.- LODE y Manuel. “Érase una vez”.

3.- José Benito Mateos. Txebe. “Jálama”.

4.- Lole y Manuel. “Nuevo día”.

5.- Luis Pastor. “Vengan a ver”.

6.- Emiliano Martín Suaño “El ciego de Perales” en “Coplas del minerito”.

Cuadro de superficie quemada. Fuente Sierra de Gata Digital.

Foto.- Sergio Franco “Topo”. Agosto 2015. “La Sierra ahíla palantri”.

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