No se habla de otra cosa por las calles de los pueblos desalojados, más que de la solidaridad en la acogida de la Villa de Moraleja, nuestra ciudad de Moraleja del Peral. Todo el mundo volvió impresionado por la atención prestada que, siendo improvisada, pareció que estaba, velei, de siempre, habiendo sido mil veces ensayada

La gente recorre las calles como cualquier domingo de un agosto cualquiera. Las mismas sonrisas de antes se perfilan ahora bajo los ojos de cristal adormilados por la ausencia del mirlo y el rabilargo. Oídos sordos ante la simpleza de las palabras que les robó la memoria histórica de sus cabezas. Los mismos tropiezos duelen más que antes cuando se enredan en los empedrados de las empinadas calles que les lego la falda de Jálama. Espeso el aire caliente de la Atalaya, herrumbre de la espada curva de Almanzor sobre el pecho dolorido de los visitantes de la Ventosa que vinieron buscando los paisajes hermosos que hubiese querido para sí Delibes y se llevan los pinturas negras de Goya. 

Desde las calles abiertas, cuyas puertas dan al campo, los viejos se paran un instante para ver la negrura de los bosques de ceniza y carbón. Miradas pérdidas de mentes ausentes, encallecidas de cuando el wolframio, sienten todavía el fuerte ruido del motor de los helicópteros, desorientados entre los pájaros muertos y el olor a lana quemada. 

Es imposible comprender tanta llama suelta sin alambrada, pensar que nadie sea capaz de parar su rojo caminar sobre las taramas.  ¡Maldita sean las cinco de la tarde que un día se llevaron al torero y ahora quemaron campos enteros!. ¡Maldita siesta no perdonada que provocó un infierno de ángeles negros riéndose a carcajadas! ... No sonó la campana grande que antaño les despertaba, la que juntaba a Concejo en el centro de la Plaza, la que avisaba, con su rápido dolondón de los peligros que se avecinaban. Cómo corrían los hombres, arrancando grandes escoberas, cómo salían a las calles las mujeres con cubos de agua fresca, el fuego entonces se achicaba y ajuyía polas laeras, como huye el perro con el rabo entre las patas.

A las cinco de la tarde.

Eran las cinco en punto de la tarde.

Un niño trajo la blanca sábana

a las cinco de la tarde.

Una espuerta de cal ya prevenida

a las cinco de la tarde.

Lo demás era muerte y sólo muerte

a las cinco de la tarde (1).

Las aguilas perdiceras que, sobre las dos de la tarde, se acostaron confiadas sobre la rama sombría del alcornoque, al poco levantaron sorprendidas el vuelo al olor de la carne calcinada.  Los animalillos buscan refugio en el Tejar y la Candelera, creyéndose seguros de tanta cachaza ajena, sin saber que la negra noche llevaría el fuego desde la Osa a la Fatela y de ahí, extendiendo mechas, a Gata, Villasbuenas, Perales, Hoyos, Cilleros, Trevejo, Villamiel y la misma Moraleja, que no tuvo reparos en sentirse parte de la Sierra, compartiendo desgracias como tuvo sus dichas. 

Qué no se perdona la siesta en esta tierra, ¡oiga!, que forma parte de nuestra idiosincrasia y de nuestras maneras, así son la sardana, la copla y la verbena. Qué sería de nosotros si despues de una buena comida, no ejercitamos la cabezadita transpuesta. Es sagrada la tradición pues fue lo que hizo la cigarra, dejando sola a la hormiga, y las dos son hijas de Dios. 

Las heridas quemaban como soles

a las cinco de la tarde,

y el gentío rompía las ventanas

a las cinco de la tarde.

A las cinco de la tarde.

¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!

¡Eran las cinco en todos los relojes!

¡Eran las cinco en sombra de la tarde (1).

Ya no hay remedio para aquello. A cambio sabemos que el sol sale por Moraleja porque forma parte de nuestra Sierra. Quien tenga alguna duda que se la guarde, aquel que no la tuvo, enhorabuena. Quienes dijeron que Moraleja es serragatina, felicidades, los que la sacaron de la unión de los nuestros pueblos, que se callen. Los que creyeron que juntos mejor porque Moraleja es capital y además centro comercial, acertaron, los que pensaron que la pela es la pela y por la pela se despela, para ellos las ovejas muertas y los carbones que se guardan, todavía calientes, en los montes de la Sierra, se los mandaremos por Reyes.

No se habla de otra cosa por las calles de los pueblos desalojados, más que de la solidaridad en la acogida de la Villa de Moraleja, nuestra ciudad de Moraleja del Peral. Todo el mundo volvió impresionado por la atención prestada que, siendo improvisada, pareció que estaba, velei, de siempre, habiendo sido mil veces ensayada. 

Los voluntarios y voluntarias de la Cruz Roja siempre atentos ante el dolor sereno, oculto en las almas de los desalojados, de los evacuados, de los desheredados de la Sierra. Sufrimiento tanto de los vecinos y vecinas residentes en la Sierra, que sufren el rigor del largo invierno, como de los hijos e hijas ausentes que llegan con el calor del verano. Todos ellos y ellas atrapados en la pasión de sus pueblos. Uno a uno de estos pueblos mejor que el de al lado y cada fiesta disputándose el platino. Gente noble y honrada acostumbrada al vareo sobre el verde olivo y al vino de pitarra con queso de cabra en la humedad de las bodegas y en las tertulias de las tabernas. 

Las autoridades, como siempre: unas presentes y otras ausentes, unas estantes y otras transeúntes, unas sacando pecho y otras tajada. Cada uno y cada una de los desalojados/as que saque su libreta y califique. Habrá para todos los gustos. 

Pero permitidme, queridos lectores que, dando la importancia que tiene a los aplausos con que la gente obsequió a los voluntarios de Cruz Roja, Cáritas, a las autoridades moralejanas y al pueblo de Moraleja, piense, (si me equivoco pongo mi cuello a vuestra libre disposición para las collejas que convengan), que hubo consenso sobre que fueron estas, con su alcalde a la cabeza, quienes se llevaron la aceptación popular por su buen hacer. El Alcalde de Moraleja, Julio Cesar Herrero Campos, apoyado por sus concejales, no sólo fue la única autoridad que mantuvo a la población mínimamente informada sobre los acontecidos de esos dos largos días, sino que estuvo permanentemente pendiente de todo cuanto ocurría. 

También he de resaltar la presencia continuada, en los improvisados albergues, de la recién elegida Presidenta de la Diputación Provincial de Cáceres, Rosario Cordero, alcaldesa de Romangordo, y de algún que otro diputado como el alcalde de Ahigal, Luis Fernando García Nicolás, sin menospreciar la presencia, que de bien nacido es ser agradecido, del Presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, lógicamente; de la delegada del Gobierno, Cristina Herrera; de la portavoz del grupo popular de Extremadura, Cristina Teniente; del alcalde de Acebo y del Ilmo obispo de la diócesis de Coria Cáceres, entre otros. Estas últimas más fugaces, entiendo que por sus ocupaciones en sus respectivos gobiernos y gobernanzas.

Aún quedan algunas aceitunas y unas pocas oliveras. Se salvaron unas pocas viñas y alguna que otra uva, insuficiente para el mosto de campaña. Por la calle vi pasar una manada de cabras que el pastor presuroso en la tená guardó, por si se quemaban. Me dijeron, gente del lugar, que también algunas vacas y una pocas borregas asustadas. También se salvaron colmenas. De los animales del campo no pudieron dar razón, vieron pajarillos y alguna mariposa, cuya tenue vida posiblemente aconteció después. No veo las golondrinas sus nidos colgar. De cómo queda la industria serragatina, en especial la turística, nadie quiere ni oír hablar, pintan bastos. Preocupa, claro está, que se rompa el frenazo demográfico y todo esto provoque una caída en picado.

Gracias a todos y a todas por vuestra solidaridad con Extremadura, en general, y con Cáceres y Sierra de Gata en particular. 

Tiempo tendremos, con la cabeza más fría, de hablar de competencias, incompetencias, gestión del fuego, zona catastrófica, recalificaciones, indemnizaciones, repoblaciones, recuperación del suelo, paisajismo, recuperación del pastoreo,  parque cultural, intereses por el fuego, venta de pinos quemados, la yesca de los pinos del Icona, y otras  muchas cosas.

Mos quea la esperança: “Esta tierra recia i téntiga saberá golvel a resultar delas sus cenizas i angún día estus calamandruñus enciendeoris arrematarán la su mangurrina dessistencia cuelgaus d´un pinu d´essus que acostumbran a metel huegu” (2).

NOTAS. 

1.- Federico García Lorca. “La cogida y la muerte”. 1935.

2.- Recibido de Carlos del So Mesa de Caçris.

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