Una nueva sentencia y un dictamen inesperado vienen a dar continuidad a la polémica iniciada por la famosa sentencia que anuló la aplicación retroactiva de la doctrina Parot. Todo pasa a una velocidad de vértigo. Sin que apenas podamos culminar un análisis pausado de la realidad, basándonos en un hecho acaecido recientemente, otro viene inmediatamente a solapar aquel primero.

El dolor que la revocación de la sentencia conocida como doctrina Parot ha causado entre las victimas del terrorismo, viene ahora a complementarse con el dolor sobrellevado de las victimas por la represión habida durante la dictadura del general Franco. Un dictamen de la Comisión Europea, no vinculante, defiende la Ley de la Memoria Histórica y dice que en nada está afectada por los indultos concedidos, evitando así la impunidad.

Ambos dos, doctrina y dictamen, se sujetan en criterios de garantía judicial y en pruebas concluyentes que superan la mera interpretación. En la verdad política queda si había o no había compromisos para la movilidad y puesta en libertad de presos etarras o si había o no había intenciones claras de poner en marcha la Ley de la Memoria Histórica. Porque en la primera ha habido imputados que han cumplido y están cumpliendo condena en cárceles, aunque algunos salgan a la calle unos años antes de lo previsto, pero en la segunda están por detener y juzgar a los responsables de los abusos cometidos y los familiares de las victimas, muchas de estas en paraderos desconocidos, protagonistas de aquella triste historia, continúan sin ver reparado el daño causado.

Sin embargo no son de recibo algunas de las declaraciones que estamos oyendo de responsables políticos y sociales sobre el hundimiento del Prestige. Una sentencia que, a juicio de expertos juristas tiene muchas lagunas en el proceso, en su dictamen final y en las investigaciones realizadas. Una sentencia que no merece las portadas que le han dedicado algunos medios de comunicación nacional, como si el chapapote hubiese sido un invento de las hordas judeo-masónicas.

Pertenecía yo, por aquel entonces, a una asociación denominada “Movimiento Asociativo 14 de Abril”, que envió varios de sus componentes en ayuda solidaria para la limpieza de petróleo vertido y que recogió la experiencia vivida por ellos en un libro titulado “El sentido de las caracolas. Un viaje de mirada urgente al desastre del Prestige”, del que fueron improvisados periodistas J. M. Barcia y Juan Yuste.

En nuestras mentes quedan las imágenes del espeso líquido. Las órdenes para que comenzara un baile cruel de vueltas y más vueltas, a que fue sometido durante seis días el viejo y destrozado barco, hasta que acabó partiéndose en dos.  Aquellas manchas negras, el mar negro, playas negras. Pájaros negros de alquitrán con hedor a podrido. Los políticos minimizando la catástrofe con desafortunadas declaraciones sobre una marea negra que nunca alcanzaría las Rías Bajas porque se trataba de unos hilos que, al salir del barco, quedaban inmediatamente solidificados. “Ya que se piensa que el fuel está aún enfriándose, salen unos pequeños hilitos, hay cuatro en concreto los que se han visto. Regueros me dicen solidificados con aspecto de plastilina en estiramiento vertical” –llegó a afirmar uno de ellos-. No hay báscula que de la razón a unos y otros. Inicialmente, el vertido está más compacto y luego se dispersa –dijo otro-. Si no se quiso bombardear el barco (…) es porque resultaba muy complicado y arriesgado –remató otro.

¿Dónde está el chapapote? -se preguntaban en el libro mencionado para contestarse-. Aparecen las rocas alquitranadas y ausentes de vida. Desdibujadas y rotas; sofocadas en su latido silencioso. El mar es plata manchada, picado, denso, y su salitre cheira a entierro (...) El fuel repugnante y asesino está en el mar… “.

Ridiculizar el noble comportamiento de los intelectuales que aprobaron la plataforma “Nunca Máis”, raya en lo miserable, porque ese es el grito que perdura en la memoria colectiva, como perduran las imágenes de los voluntarios con sus trajes y sus mascarillas blancas, sobre el negro espacio, desafiando la respiración de lo desconocido.

Tanto trabajo y sufrimiento para descontaminar las puestas de sol, con los pies y las manos negras, los cuerpos en las noches rotos, frente a la desfachatez sociopolítica capaz de sellar un permiso de impunidad para contaminar.

La luz del mar, sobre todo, y también la de los corazones jóvenes (con independencia de la edad de sus portadores) que decidieron enfrentarse a la negrura. No sólo la del chapapote, sino de esos otros corazones viejos (con independencia de la edad de sus portadores) que se limitan a vibrar al solo y sucio ritmo de la codicia, el interés y el miedo –escribió entoncés el premio planeta Lorenzo Silva.