A los españoles de a pie nos cuesta trabajo reconocernos en la actual e injusta política económica de austeridad, sin estímulo económico alguno. Es difícil comprender el empeño en las continuas amenazas con la práctica de una economía del miedo. Una creciente obcecación por abocarnos al austericidio, sin capacidad de respuesta desde una economía europea creativa que apueste por la clase trabajadora

Se tapan los jos para no mirar
Se tapan los jos para no mirar

La vida de las personas es tan corta que es lógico que no recuerden el país que respiran cada mañana, cuando descorre la penumbra de la noche y, los afanados funcionarios, se prestan a colocar las calles. Es tan efímera la memoria que, hombres ilustres, tuvieron que inventar los pergaminos, la imprenta, los libros, los periódicos, las escuelas y, recientemente, la radio, la televisión e Internet con la intención de que podamos consultar aquello, que la curiosidad motive, sobre el país que no conocemos. Es tan grande el olvido porque, otros hombres mezquinos, dedicaron su tiempo libre a quemar pergaminos y libros, cerrar escuelas y censurar emisoras de radio, cadenas de televisión, prensa escrita y manifestaciones públicas.

El recuerdo se basa en eliminar aquello que no nos gusta y guardar, con el cuidado que merecen, aquellas otras cosas agradables que nos causan placer y satisfacción. Sin embargo hay hechos que se cuelan en las noches de insomnio y en los pasajes de duermevela.

Cuando alguien no conoce su país es porque, como los pardales, nace, vive, pero no anda por España. En este caso, no es que haya un grupo privilegiado de personas que anden a saltitos sobre la piel de toro albertiana, sino que al vivir en búnker, protegidos por sus grandes fortunas, no sufren ni padecen las desgracias de los desprotegidos, de los humildes, de los parias de la tierra.

Aunque el capitalismo se precie de ser el artífice del desarrollo de los pueblos, son sus ciudadanos, sencillos trabajadores, los que propician el auge de estos con su labor diaria, sus impuestos, el movimiento de sus pequeños capitales y su resguardo en los bancos nacionales, por eso es criticable que una elite minoritaria utilice la economía del miedo contra una mayoría trabajadora.

Son las políticas liberales, en el sentido histórico de liberal, y las políticas progresistas, en los pequeños periodos que han ocupado el gobierno de la nación española, los que han desarrollado políticas de bienestar social en un intento de sacarnos del vasallaje feudal, al que hemos estado sometidos hasta el último tercio del pasado siglo XX.

Fue la Constitución de Cádiz de 1812, la conocida popularmente como la Pepa, la primera que inició una ardua andadura para establecer la soberanía fuera de las fauces de los reyes absolutistas. Movimiento que tuvo su mayor representación en el Trienio Liberal y algunos que otros intentos en ese mismo siglo, y que alcanzó su clímax con la Segunda República Española. A partir de 1979 se ha vivido el periodo más largo democrático de la historia de España, con alternancias políticas en el gobierno de la nación y con los altibajos propios de las diferentes tendencias ideológicas que ocuparon el poder, al igual que ocurrió en el periodo republicano.

No obstante, estos tiempos progresistas, sumada toda su historia, no ocupan sino una pequeñísima parte de los dos mil quince años d. C., en que han campado a sus anchas, las oligarquías caudillistas y  las monarquías absolutistas. Amparando órdenes militares, señoríos, noblezas y terratenientes se ha potenciado un feroz capitalismo que ha ido consumiendo los recursos naturales de la madre patria y del resto del mundo.

Es irrisorio, por lo tato, pensar, ni siquiera un momento, que la causa de las crisis económicas se deba a los poco más de cuarenta años que los progresistas han ocupado el poder y se minimicen los más de mil quinientos años que ha sido ejercido por los conservadores, caminando estos, así de rositas, por los empedrados de la historia cristiana.  Eso sí, con la bendición de la Santa Iglesia y los oídos sordos a las  justas regañinas del Papa Francisco, de lo que hablaré en próxima ocasión.

A diferencia de los miembros del gobierno actual, yo sí conozco el país empobrecido, la nación de los desahucios, la creciente injusta desigualdad, la decadencia del sistema educativo, los intentos de privatización de los hospitales, la pérdida de los derechos laborales y sociales, el frenazo al estado de bienestar, la corrupción, la continúa evasión de capitales, el desprestigio político… Sin embargo desconocía y, me cuesta conocer el empeño en la austera política económica y las amenazas desde la economía del miedo. Una creciente obcecación por abocarnos al austericidio, sin capacidad de respuesta desde una economía creativa que apueste por la clase trabajadora y el futuro de sus hijos.

Que tenga yo, que siempre defendí la Europa de los ciudadanos frente a la conservadora política de enfrentamientos y prepotencia norteamericanas, que agarrarme ahora a la política económica de Barack Obama, ¡manda güevos!. Con un paro técnico situado en 2014 en el 5,2%, esto es pleno empleo, el presidente norteamericano se ha empeñado en limar la cada vez mayor brecha entre los ricos y las clases menos pudientes, con impuestos que penalizan a los segundos en beneficio de los primeros. Con esto, y otras cosas que nada tienen que ver con la austeridad, han conseguido reducir el déficit en dos tercios, la mayor reducción desde la Segunda Guerra Mundial.

Pues bien, todavía algunos expertos economistas españoles y políticos de faldiquera ancha, aquellos que siempre miraron hacia América del Norte, y ahora les da comezón, dicen que hay que aplicar las políticas económicas alemanas porque no hay otra política creativa alternativa que esté dando resultados. Desenfundan con ello la economía del miedo, poniendo la gran recesión europea como disculpa. Que le pregunten a Alexis Tsipras sobre la economía del miedo europea y las presiones y amenazas que ha sufrido su tierno gobierno de incauta esperanza.

 Se aprovechan del temor de las capas sociales, que emergieron al calor del estado de bienestar social, a perder todo lo conseguido y, a la vez, miedo a un futuro que promete cada día menos para ellos y sus hijos, mientras las elites se refugian en sus cuentas corrientes de seguridad. Recaudo seguro, en un paraíso fiscal, de su pudiente economía, alejada de la ferocidad depredadora de la hacienda pública española.

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