Andaba yo enredado con los mis pensamientos por culpa de aquellas viejas canciones de ida y vuelta que son las habaneras. A mis oídos llegaba la canción:  “El amor en el baile”, publicada en 1842. Siempre se cuela la tradición y la cultura por mucho que nos empeñemos en un empecinado y hermético intercambio comercial. Las bodegas de los barcos quedaban repletas de productos, mientras la música de los tanguillos de Cádiz se extendían por cubierta para descargar su tonadilla en los cafés de las Antillas. Tanto ir como venir, para traer hasta España los sones cubanos impregnados del ritmo gaditano. Cómo despegarse de este arte de seducir que es la música.

Algo parecido ocurrió con el San Nicolás, que se dedicaba al reconfortable trabajo de distribuir dulces y regalos a los niños y niñas europeos, primero el 6 de enero, luego lo adelantarían al 25 de diciembre, hasta que fue sustituido por los tres Reyes Magos llegados de Oriente. Si, los mismos que nos dejaron maravillados con la suntuosidad de sus trajes, los pajes, el rey negro y los exóticos animales que montaban.

 Pero San Nicolás de Bari no se dio por derrotado, sólo se tomó el tiempo necesario para remozar sus teorías sobre la felicidad de los niños. Tanto tiempo, llenando aquellos vacíos calcetines colgados al calor de las chimeneas, no podía tirarse por la borda en un, nunca mejor dicho, santiamén. ¡Menudo era Nico!. Aprovechó una hombruna, que invadió Holanda, para embarcar su currículo rumbo a la Tierra Prometida. En Nueva Ámsterdam, hoy conocida como Nueva York, fijó su residencia. Como en tantos otros, el sueño americano prendió de su santa figura y de tanto pronunciar su nombre nativo Sinterklaas, convirtieron al obispo en Santa Claus. Para que luego digan que la lingüística y la literatura no hacen maravillas. Pregunten a Washinton Irving o, mejor, lean “Historias de Nueva York” (1809). Con este envoltorio decidió San Nicolás, ya convertido en Santa Claus, volver a Europa y, ahora, tenemos regalos, juguetes y dulces los días 25 de diciembre y 6 de enero. El qué pueda, ¡claro!. Sea como sea, otra vez la ida y vuelta quedó servida.

 Más de lo mismo ha sucedido con la Fiesta de Todos los Santos, que ha vertido su culto en una calabaza hueca como si esta fuera un santo más del santoral, todo por medio de la propaganda comercial norteamericana.

Como iban a imaginarse los irlandeses, que marcharon a la América del Norte por la hambruna, como todos, que su fiesta celta de Samhain, con la que tan sólo pretendían festejar el final del verano, aquel umbral que les llevaba de la luz a la estación oscura, llegaría a convertirse en el “All Hallows Even”, víspera de todos los santos. Trajes, máscaras malignas y hogueras sirven ahora para alejar el mal en la noche de brujas.

Si bien los Irlandeses sirvieron de vehículo de carga para transportar en sus maletas la legendaria conmemoración celta, sería la leyenda de Jack el Tacaño la que diera asiento a la ida de este evento, para así preparar la vuelta al viejo continente europeo. Mira tú también, que casualidad encontrarse con la calabaza para sustituir al nabo de la leyenda, siendo aquella más vistosa y fácil de manipular para lo pretendido. No podía faltar, para aliñar el condimento, un poquito de fiestas indias, caldo de cultivo de lo enigmático. Qué diría nuestro Jarramplas si de pronto, al salir a la calle, se encontrara con una lluvia de calabazas ahuecadas y con el hechicero de una tribu india norteamericana.

Cuenta la leyenda que un buen día Jack el Irlandés, también conocido como Jack el Tacaño, se encontró cara a cara con el diablo en la mismísima noche de brujas. Era Jack un hombre perdido entre la vida golfa y las jarras de cerveza.

-- Daría mi alma por un buen trago –dijo arrastrando la voz, totalmente ebrio-. Mi alma a cambio del último trago.

-- Sea el trato –contesto una voz profunda desde el fondo de la taberna.

-- Quién sois vos, señor, que pretendéis mi alma –preguntó Jack-, acaso un ángel negro, un ser maligno o el mismísimo Satán.

-- Tú lo has dicho –contestó el siniestro personaje con voz firme y segura-, sea una jarra de buena cerveza.

-- No puedo entregarte algo tan preciado sin una prueba –contestó Jack mostrando una repentina clarividencia a pesara de su borrachera-, quiero que tú mismo seas la moneda.

El diablo giró sobre si mismo desapareciendo, al tiempo que una moneda de oro, golpeó el mostrador de la taberna, tintineando sobre la húmeda plataforma. Jack, en un hábil movimiento de mano, la atrapó y la colocó suavemente en un monedero de cuero, cuya superficie llevaba una cruz grabada, para impedir que el demonio escapara.

-- Ja, ja, ja –rió ostentosamente Jack, jactándose de su ocurrencia, mientras hablaba dirigiéndose al monedero-. No saldrás de aquí hasta dentro de diez años, este fue mi truco y este es mi trato. Y tú tabernero, no me dirás que no me he ganado un buen trago.

Pasado los diez años Jack se reunió con el diablo en un sitio acordado previamente.

-- Es momento de llevarme tu alma –espetó el demonio con una ostentosa calma.

-- Iré contigo, pero necesito una manzana –contestó con una rapidez calculada-, mira en la cotorina de ese árbol queda una.

El diablo, con la paciencia infinita que da la eternidad, subió a la copa del manzano y tomó la fruta prohibida. Jack, sacando su navaja, talló una cruz en el tronco del frutal impidiendo bajar al maligno que se vio obligado a devolver el alma prometida a cambio de ayuda. Así pudo Jack continuar con su desenfrenada vida de juergas y mal vivir, hasta que al morir le fue denegada la entrada al cielo y, lógicamente, también al infierno, donde constaba en su ficha personal el engaño al jefe superior.

-- Vete por dónde viniste, aquí no te quiero –le dijo Satanás-, me has engañado, has sido traicionero. Vuelve por donde viniste.

-- No recuerdo por donde vine, está oscuro -dijo Jack con voz temblorosa-, seguro que me pierdo y, encima, tanto trajín me dio hambre.

-- Toma, toma y lárgate de aquí –dijo apresurado el demonio-, hieres la mala reputación que tengo bien ganada en este lugar. Toma una calabaza y un carbón ardiendo, la primera te quitará el hambre y el segundo alumbrará tu camino.

Jack tomó el camino hacia la vida, pero como viera que el carbón quemaba en las monos, comiose la calabaza, ahuecándola, y metió en ella el carbón. Desde entonces fue conocido como Jack O´Lantern, algo así como Jack el del Candil, cuya calabaza sería de ahí en adelante, el candil de Jacks.

Lo que yo realmente quería contaros, es que esta fiesta nos ha sido devuelta, después de caminar por los Estados Unidos de América del Norte, como la fiesta de la noche de las brujas y los espíritus. Para apartar de nosotros tanta malignidad, nos disfrazamos de ellos mismos, alumbrándonos con los candiles de calabaza. En definitiva, que han sabido modernizar la antigua fiesta celta. Por eso la gente joven nos la restriega por las narices, diciendo: esto también fue nuestro… ¡Qué listos!.

Visto el cuento así, de ida y vuelta lo mismo que las habaneras y San Nicolás, no parece el asunto tan calamitoso, en cuanto a la perdida de la tradición autóctona. Peor resultado se obtiene cuando se pierde esta definitivamente, pero claro, uno mantiene, en el recuerdo, aquellas tradiciones, no tan lejanas, de festejar los Santos y piensa si no se puede compaginar la tradición nuestra con la forastera. Aunque sólo sea para que no nos pise esta lo que fue aquello. Por ejemplo cuando íbamos de casa en casa pidiendo la chiquitía o chaquetía y luego salíamos al campo a asar castañas, tras la visita oficial a los difuntos, para dejar unas flores.

-- Tía que me dé la chiquitía para llenar este cesto –decíamos de portal en portal-, que si no ya no es mi tía y rompo el parentesco.

Es ahí cuando surge grandiosa la voz del poeta, del que ya un día os hablé, como un grito rasgado al tiempo y el puño apretando el viento. La voz de la conciencia que remueve los conceptos y agita el pensamiento.

Dexai-mi de «hálogüin»
que a mí no me gusta essu,
que no quieru requilorius,
que no quieru essus caretus
ni quieru essus mamarrachus
que paecin caras d’antruejus,
ni quieru esas calabaças
con velas puestas en drentu,
ni vel la genti pintá
dendi la frenti al gargueru,
conos jarretis tisnaus
i los ojus descompuestus.
Essas cosas no mos cumprin
a quien semus estremeñus.

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Poema.- Fragmento del poema: “Dexai-mi de hálogüin”, de Cruz Díaz Marco, publicado completo en “La Bellota Literaria. Criación literaria en estremeñu”.

Foto.- Detalle de El Infierno de El Bosco.

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