Sorprendió la traicionera muerte por la desnuda espalda,

alegre camino, guía de luz clara, horizonte de vida,

depositada integra confianza en el hombre, su dulzura,

confiados en inexistentes balizas sobre cielo prendidas.

Comienzo estas líneas uniéndome al dolor de los familiares y amigos de las victimas del accidente del tren ocurrido a las puertas de la ciudad de Santiago de Compostela, en el deseo y esperanza de la feliz y pronta recuperación de los heridos.

Nuestras sentidas condolencias a la familia y amigos del joven extremeño David Martín Díaz, vecino de Navalmoral de la Mata, que junto a su novia Laura Naveiras Ferreiro, emprendió el viaje de ida en aquel maldito tren. Este joven era natural de Bohonal de Ibor, nieto del alcalde Isidoro Díaz. Descansen en paz.

En medio de este inmenso drama un rayo de luz se coló por las rendijas de la desgracia. No podemos por menos que alegrarnos de la rápida recuperación de Oscar Mateos, accidentado leve en el triste suceso. Este cacereño, profesor en Coria, partió decidido, con su bicicleta, por el Camino de Santiago, pero al llegar a la Puebla de Sanabria, tomó el tren de la muerte. La suerte le acomodó en el primer vagón con otras veinticinco personas, de las que murieron dos. En el desconcierto inicial tuvo la valentía de salir el último, tras ayudar en la evacuación de todos los viajeros que le acompañaron en el corto trayecto. Felicidades, enhorabuena y gracias.

Creo, que como todos los extremeños, me siento identificado con las muestras de solidaridad y con todas las colaboraciones posibles. En este sentido, un poco de la sangre de todos y todas colma las bolsas del ofrecimiento del Banco de Sangre de Extremadura, preparadas para viajar a Galicia.

Hemos visto, una y otra vez, las imágenes del tren descarrilando en la fatídica curva, a velocidad de competición, y otras tantas imágenes nos han mostrado los rostros cubiertos de sangre ante el gesto solidario, los ojos húmedos y la mirada triste, descompuesta, de los vecinos y vecinas que acudía en ayuda de los heridos. 

Una tierra acostumbrada a la lucha incansable contra el mar, a la ayuda cotidiana y diaria, donde cada mano se tiende amiga a la del pescador caído, abrazado este a las amenazantes olas que braman al escupir su saliva a la costa cercana. Una tierra de peregrinaje en la que el caminante exhausto descansa del trasiego del largo camino, entre acogedoras voces cantarinas. Una tierra donde el santo señor Santiago, hijo de Zebedeo, puso plica tras su largo caminar de predicación por la Galleacia, cansado de las batallas en las que prestara su espada al rey de León Ramiro I, en su encarnizada lucha contra el rubio cordobés Abderramán III. 

En el año de 2002 sufrió Galicia el mayor desastre ecológico, conocido en nuestras fronteras. Un vertido de petróleo que no sólo afectó a la zona ecológica de las Rías Bajas, sino que hundió temporalmente la industria pesquera. Pero, al mismo tiempo, provocó una oleada de solidaridad con una organización ejemplar, sobre cuya base se desplazó una marea humana para limpiar las playas de los restos de un vertido que ennegreció las playas gallegas y que fue bautizado como chapapote. Por igual ahora la organización espontánea ha permitido una ingente cantidad de personas cuya presteza y humanidad han sobrecogido el corazón de propios y extraños. Cuando surgen estas mareas solidarias y humanitarias siempre queda en el aíre la pregunta sin respuesta en la que los datos objetivos recuentan las personas fallecidas, las que pese a todos los esfuerzos no se pudo hacer nada por ellas, pero nunca sabremos las personas que se salvaron por esta rápida actuación. Una forma de hacer ejemplar no sólo de los voluntarios, sino también de los servicios y las fuerzas públicas que se encontraban prestos para cubrir la actividad festiva y se toparon de frente con el dolor y la muerte.

La ciudad compostelana supo acoger, en el sepulcro de Santiago “Hijo del trueno”, aquel cuerpo degollado que encontrara el ermitaño Pelaio, cuyas reliquias estuvieron un tiempo en manos del poder árabe, emirato que ocupara dos tercios de las tierras que, más adelante, denominarían España, como ahora ha acogido los casi ochenta cuerpos mutilados que, el furor del “caballo de hierro”, arrojó sin contemplaciones a una vía muerta y convirtió la fría pared de cemento, adyacente a la tragedia, en el muro del desconsuelo.

Tal vez la Muerte subiera al tren en la estación de Chamartín de Madrid, como un viajero más de los doscientos dieciocho que ocuparon sus asientos. Muchos de ellos querían llegar hasta El Ferrol, pero sólo ella sabía que esto último no sería posible.

Eligió buen momento. El traslado masivo por las fiestas de Santiago, unido al merecido descanso vacacional, le permitirían pasar inadvertida. Ni siquiera su traje en falda corta, con blusa de trasparentes mangas largas, lógicamente en su habitual color oscuro, llamarían la atención de unos potenciales viajeros más atentos a la orden de salida del convoy que a su escuálida cara semiescondida entre su larga melena negra. Tomó asiento junto a una de las ventanas a cuyo exterior, enfiló tan permanentemente su delatador rostro, que ni siquiera se volvió ante la insistencia de la joven pareja de enamorados que le ofrecían una reconfortante  bebida y algo de comer, lo que rechazó con un leve gesto de la mano.

Afiló bien esta vez su guadaña, la maldita Muerte, para venir a cebarse en tanta gente inocente. Gente joven de risa ágil, que se divertía con los alegres chascarrillos del wasapeo y conversaba sobre la rapidez y comodidad del viaje en el Alvia. Impávida Muerte, harta como está de tanta muerte. Previsora Muerte en el terror de las guerras, que se pasea insensible por los campos de batalla. Imprevisible Muerte que sorprende serena el cándido caminar por la vida del desprevenido, del sencillo, del humilde.

Paró el tren en seco la imperturbable Muerte, para marcar en la memoria colectiva un número y en el calendario una fecha más en la crónica triste de la triste historia. Selló una curva en el ferroviario mapa de puntos y líneas. Fue férrea e inflexible en el sino predeterminado de antemano por la fatalidad, lo que le permitió ejecutar su cometido de una forma bárbara, indómita.

Se bajó la primera del tren, esta salvaje Muerte. Nadie  apreció su lúgubre marcha. Ni miró, siquiera un instante, al tren siniestrado. Ni se emocionó, sólo un momento, ante los gritos de miedo y llanto, esta inconmovible Muerte. ¿Para qué?, si ya dejaba suficientes muertes, señal inequívoca de que estuvo presente esta malvada Muerte 

¿Habéis visto a la Muerte….?.  Hoy tiene buena mordida: no siempre el holocausto prende al trabajo con gusto, de jóvenes cuerpos  difuntos que no escribieron el final. Más volvieron a vestirla de luto, con sotana y cucurucho, en la cara fiera calavera, en la mano  mortal guadaña, ávida y maldita en atributo.  Quién le dio vela en este entierro, si tranquila en su casa, jugaba a que atravesaba, el más inhóspito misterio del hueso trágala perro. Le tuvo que tocar en suerte, entre infinitas clases de muertes, acudir a este encuentro, para de un solo golpe llenar el aíre de dolor y sufrimiento. De entre todas las muertes, en esta maldita vía, dejó vendida en suerte a toda clase de gente. No tuvo piedad esta Muerte. 

En su tumba se revuelve de aflicción el Santo, de tanto oír gemidos y llantos. Prenden los ciudadanos, entre rejas, flores, con las manos temblorosas de estar tentando, en suerte, de nuevo a una ávida e insaciable Muerte.

De luto se viste Galicia, banderas a medias hasta, crespones negros en las fachadas, ochenta corazones rotos por soñar con la mañana.