jueves. 30.05.2024

VERGOGNA sólo me viene la palabra vergüenza

Con estas palabras se refería el Papa Francisco al naufragio sucedido cerca de la isla de Lampedusa, donde volcó una embarcación con 500 inmigrantes. Con estas palabras podríamos referirnos, sin temor a equivocarnos, al acto celebrado por la iglesia católica para beatificar a 522 religiosos muertos en la guerra civil española de 1936, sobrevenida tras el golpe de estado del general Franco.

Y no lo digo por el homenaje a las 522 victimas, que supongo merecido, sino por el olvido intencionado del resto de muertos. Aquellos que dieron su vida por la defensa del legítimo modelo constitucional de la Segunda República Española, elegido por los españoles mediante elecciones democráticas, legalmente convocadas. Un modelo con el que gobernaron tanto las derechas como las izquierdas.

La iglesia católica española no sólo no reconoce su error histórico al haber dado su apoyo a una de las partes de la contienda, sino que, insistiendo en su equivocación, parece catalogar a los españoles en cristianos de primera y cristianos de segunda.

Unos merecen toda su consideración y otros la ignorancia cuando no la repulsa. No es de extrañar que la gran carcajada de Dios retumbe por entre las paredes de sillería de nuestras iglesias parroquiales, como podría decir Jardiel Poncela en “La Tournée de Dios”. No debe asombrarnos que el enfado de Jesús de Nazaret le lleve de nuevo a expulsar a los mercaderes de los templos. No cabe, por lo tanto, sorprenderse cuando cada vez más españoles, sobre todo jóvenes, piensen que Dios ya no está en las iglesias. Porque no fue la religión objeto de persecución y represalias en la breve etapa republicana, sino el posicionamiento de la iglesia española a favor de una de las partes, convirtiéndose en enemigo de la otra. Algo que no sucedió con el resto de religiones judía, musulmana o protestante.

No quiero

que haya frío en las casas,

que haya miedo en las calles,

que haya rabia en los ojos.

Si la enseñanza de la iglesia española se ajustara a los textos sagrados, que ella misma reconoce, y a las consignas que emanan de la sede romana en lugar de andar politiqueando por los rincones de la geografía hispana, el papa Francisco no tendría que darles un tirón de orejas y animarles a salir de egoísmos y de perezas y no necesitaría pedirles que busquen la hermandad, siendo cristianos, con obras y no de palabra.

Este tipo de actos, como es esta beatificación previa a la canonización, más que animar a la aceptación de los principios de la iglesia católica, apostólica y romana, desmoviliza y obliga a pensar en la iglesia que no se quiere.

En un artículo anterior afirmaba que, el rechazo gubernamental a la revolución social y cultural que simbolizaban los Beatles, supuso un revulsivo para que la juventud española se acercara a su música y se preguntara por lo que estaba sucediendo fuera de nuestras fronteras. Estos homenajes parciales y partidistas no hacen sino revivir unos hechos cruentos que animan a los tertulianos a sobrecogerse, sabedores de quien provocó la guerra, y conocedores de que muchos cristianos, incluidos religiosos, defensores del poder legalmente constituido, yacen pacientes en sus tumbas e, incluso, perdidos bajo las cunetas de caminos desconocidos y de la espesura de los montes serranos. Porque la crueldad de la guerra civil y la posguerra no perdonó ni a unos ni a otros. Este tipo de actos ponen de manifiesto que en esa guerra civil, la iglesia española no fue precisamente victima, como ahora se pretende.

No quiero

que mi hijo desfile,

que los hijos de madre desfilen

con fusil y con muerte en el hombro;

que jamás se disparen fusiles

que jamás se fabriquen fusiles.

Cuando una iglesia se comporta de esta manera, no sólo está haciendo un guiño a un sector determinado de la sociedad, sino que claramente esta señalando al otro que su camino quiere ser de derechas. Ya no sirve la pregunta: “¿Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma?. Esta, previamente, tuvo su respuesta en la palabra infalible del Papa, en una entrevista concedida a “La Civiltá Católica” de la Compañía de Jesús:

“Mi forma autoritaria y rápida de tomar decisiones me ha llevado a tener problemas serios y a ser acusado de ultraconservador. Tuve un momento de gran crisis interior estando en Córdoba. No habré sido ciertamente como la beata Imelda, pero jamás he sido de derechas. Fue mi forma autoritaria de tomar decisiones la que me creó problemas (…). Todo esto que digo es experiencia de la vida y lo expreso por dar a entender los peligros que existen. Con el tiempo he aprendido muchas cosas”.

Estas palabras que vertió el papa Francisco, en la entrevista mencionada, se producían tan sólo unos días antes de la celebración del acto de beatificación. No sólo fueron dichas sino que quedaron escritas para más inri y escarnio de los organizadores. A ellos parecía querer avisar del papel que tiene que adoptar la Iglesia, sin saber que iban a hacer justo lo contrario:

“Veo con claridad –dijo-, que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas... Y hay que comenzar por lo más elemental (…). Los ministros del Evangelio deben ser personas capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche y su oscuridad sin perderse. El pueblo de Dios necesita pastores y no funcionarios, “clérigos de despacho” (…).

Reflexionó también el Papa sobre la aprobación de la homosexualidad y, sobre ella, se hizo una pregunta. La respuesta puede perfectamente ser trasladada al tema que tratamos: Dime…, Dios, cuando mira a un asesinado de izquierdas, durante la guerra civil española, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?. Hay que tener en siempre en cuenta a la persona. Y aquí entramos en el misterio del ser humano. En esta vida Dios acompaña a las personas y es nuestro deber acompañarlas a partir de su condición…

En definitiva, que se promueven actos cívicos que parecen más encaminados a desenterrar los odios y resentimientos, que la transición democrática quiso dejar atrás, en lugar de fomentar el respeto y la tolerancia y de trabajar en pro de los derechos humanos. Algo, esto último, común a muchas ideologías, creencias y formas de ver la vida, entre ellas la cristiana.

No quiero amar en secreto,

llorar en secreto

cantar en secreto.

Versos tomados del poema “No quiero”, de Angela Figueroa Aymerich.

VERGOGNA sólo me viene la palabra vergüenza