Me duele la evitable muerte de Francisco José Santana -agente forestal fallecido en las labores de extinción del incendio de la isla de La Palma-, como me duele el recuerdo de su mujer y sus cinco hijos. Y el de las miles de hectáreas arrasadas y el de los miles de vecinos desalojados. Esta vez, presuntamente, la chispa inicial ha sido fruto de un fortuito y desaprensivo acto. Pero son los menos, el resto son provocados bajo espurios intereses económicos que no alcanzo a entender. Hace ahora un año del gran fuego de Acebo, en la cacereña Sierra de Gata. Y aún no he podido desalojar de mi mente la imagen de mis padres en el polideportivo de Moraleja, junto a otros muchos vecinos.

Tampoco he recuperado la memoria de los mayores, ni la senda por la que de pequeños montábamos en bicicleta. Va a ser difícil volver a sentarnos al fresco de la noche, embadurnados por el olor del azahar. Y pasarán años hasta volver a ver crecidos los olivos.

Recomponemos con dificultad el trabajo del cabrero sin sus cabras. Y el de las almazaras sin sus aceitunas. Contaré a mis hijos - por si algún día todo vuelve a ser igual- lo que veía cuando miraba desde la solana y las historias que el abuelo nos narraba en las noches no iluminadas por las llamas. El fuego lo quemó todo. Como pasará en La Palma y en otros muchos sitios, en los que malintencionadas personas se decidan a dar el primer paso, pensando que sólo queman monte bajo y pinares.

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