El lucero, el sol y el abuelo

La madrugada del 12 de agosto -como la de cada año desde entonces- me desperté pensando, que quizá podría ser de nuevo un buen momento para volver a vernos. Porque después de tanto tiempo, siempre en este día me acompaña tu recuerdo

No sé en qué año fue. Seguro, que no más allá de 1980. Cuando aún pasaba mis veranos en Acebo. Nadie te creyó. Tu propuesta era sencilla. Levantarnos a las tres de la madrugada y disfrutar del cielo. Sabías, por tu experiencia, que a esa hora la Luna creciente ya se habría acostado. Y que desde lo alto, lejos de la contaminación lumínica, sería un espectáculo. 

Sólo yo respondí a tu llamada. Sigiloso te acercaste a mi cama, para decirme al oído que todo, allá arriba, ya estaba preparado. Aún desconocía de qué se trataba, pero mi infantil impaciencia hizo que me vistiera rápido. Pantalones cortos y camiseta, para sentir el fresco de la noche. Y zapatillas, para seguir tu paso ligero. Me ofreciste un "cayao" de punta metálica, por si fuera preciso evitar piedras y desniveles. Y juntos, acompasados, salimos calle arriba. 

La primera impresión no tardó en llegar. Sólo nos acompañaban nuestras sombras. Por eso, a la tenue luz de las farolas, pudimos oír el silencio. Echamos de menos, sí, el bullicio de las calles acebanas en verano. Y los timbres de las bicicletas pidiendo paso. El sonido de los bolillos deslizándose entre los dedos y las miradas -furtivas e intensas- buscando parentesco. 

Pronto hicimos parada. Para escuchar el agua manando del caño, rompiendo sobre el pilón, en la fuente del Palacio. Desde ahí nos inundó la oscuridad y los pasos largos. Con la única presencia de las estaciones del viacrucis, los insectos y el olor a campo. 

A la vera de las tres cruces, en el San Juan, nos mantuvimos quietos en la enorme platea del Calvario. Nadie más tenía entrada. Primero sentados y más tarde tumbados, esperamos pacientemente a que la función comenzara. 

“—Siempre está ahí, —me dijiste.”

“—Pero sólo se deja ver tres horas después de atardecer al oeste y tres horas antes de amanecer al este.”

Entonces no sabíamos que era Venus. Le llamabas el Lucero del alba. Estabas emocionado. Señalabas a uno y a otro lado. Al norte la Osa Mayor -el Carro-, cerca la Estrella Polar. En todo nuestro campo visual decenas de estrellas fugaces, de “lágrimas de San Lorenzo”, de Perseidas. Al este, muy al este, mientras aún reinaba la oscuridad, me señalaste una pequeña luz. Pasaste tu brazo sobre mi hombro. Y acercándote a mí, me susurraste: “—Es una estrella, es el Sol.” 

Perdimos la noción de los minutos, de las horas, de ese tiempo que se estira y encoge caprichosamente. Ya de día, volvimos sobre nuestros pasos. El pueblo era otra vez el pueblo. El ruido de la “ratona”, la pesa deslizándose por la romana, los tomates y los fréjoles expuestos, las conversaciones de calle, los botijos en las fuentes y los forasteros en la plaza. 

Volvimos, sin ser los mismos, envueltos de magia celeste. 

La madrugada del 12 de agosto -como la de cada año desde entonces- me desperté. 

“—Todo, allá arriba, está preparado, —me dijiste.”

Despacio, en silencio, alcé la vista.

Allí estaban todos, las lágrimas, el Lucero y el Sol.  Y al este, muy al este, mientras aún reinaba la oscuridad, una pequeña luz. Hacia ella fui, para encontrarnos.  

Gracias abuelo. 

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