viernes. 23.02.2024

Libros, caminos y días dan al hombre sabiduría

Decimos que nuestros hijos están enganchados a la Play Station, a la Wii, a Internet y las redes sociales… cualquier entretenimiento, excepto leer un libro. Muchos de nosotros estamos involucrados, como padres, en procesos de animación a la lectura que parten, quizás, de que nos vean leer a nosotros (arma de doble filo, si tenemos en cuenta que tienden, por rebeldía, a llevarnos la contraria). Desde los centros educativos, se preparan actividades con este mismo fin dirigidas a alumnos de primaria y secundaria. Sin embargo, ellos siguen demostrando poco interés por leer y lo achacamos, una vez más, a sus otras diversiones. ¿Nos hemos preguntado qué parte de culpa tenemos?

Contaba el escritor Jordi Sierra i Fabra, cómo un día 5 de enero, cargado con más de cien libros procedentes de reediciones de sus obras, se dirigió hacia una organización que recogía juguetes para el día de Reyes. Se quedó estupefacto cuando el encargado le respondió que allí lo que querían eran juguetes, no libros, y se vio obligado a insistir para que se los recogieran. ¿No los regalamos ya, entonces?

A mí me habría encantado recibirlos cuando era una niña. Devoraba todo lo que encontraba en la biblioteca de mi pueblo, sin ningún tipo de asesoramiento. Recorría, una por una, las estanterías y escogía el que, desde mi escasa capacidad crítica, me parecía bien. De esta forma, leí El amante de lady Chatterley cuando prácticamente no sabía nada de sexualidad, novelas de Unamuno que difícilmente podía comprender, La metamorfosis y novelitas cortas de Hermann Hesse. Pese a todos estos disparates –por la edad- me sigue gustando leer. Mi experiencia me demostró lo importante que es aconsejar buenas y adecuadas lecturas.

Y ahora os cuento. El hijo de una buena amiga va a recibir la próxima semana su primera comunión y decidí obsequiarle con unos libros. Quisiera que, igual que mis hijos, fuera este un adolescente que no hiciera desaparecer los libros de su vida, que no se convirtiera en un ignorante y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, aunque no es Navidad (fecha esta en la que aumenta considerablemente la venta), me lancé en busca de algo que pudiera engancharlo y sustituyera los deprimentes programas de televisión, el móvil de última generación y la videoconsola.

Y pensando esto, me fui a mi librería de hace años en Cáceres. Mis niñas, como yo llamo cariñosamente a sus dos dependientas (y filólogas), supieron asesorarme con eficacia. Me pusieron al día de títulos de literatura infantil que yo no conozco. Me preguntaron los gustos del niño y a partir de ahí, prepararon mi lote de libros.

Iba a decir que me pregunto, pero no, mejor diré me respondo ya directamente que este trato no lo encontraremos en las grandes superficies. Tienen una sección abarrotada de libros –eso sí. Pero busca a alguien que te informe y te asesore y, si lo consigues, cuéntamelo. ¿Por qué encontramos libros incluso en las tiendas de electrodomésticos? ¿No quedamos en que ya no se lee? No quiero pensar que una mano escoja uno de estos volúmenes, al azar, y lo regale. Por favor, Siddartha es una novela alegórica, difícil, y a todos los niños no les gusta Harry Potter. Entren en las librerías y premien a sus hijos.

Libros, caminos y días dan al hombre sabiduría