136. Las cuatro estaciones

Esta semana quisiera hacer una reflexión sobre las cuatro estaciones del año en relación con el interior del ser humano.

Las cuatro estaciones
Las cuatro estaciones

El invierno, en el alma humana, es tiempo de quietud, de preparación silenciosa. El ser humano, necesita del invierno para encontrarse consigo mismo, pero no de forma desapasionada, sino que las pasiones modulan en silencio los procesos internos. Hay personas que no acostumbran a poner pasión en invierno y suelen ser personas frías, sin ánimo, propensas a las enfermedades, porque le han quitado el fuego que, aún siendo rescoldo, calienta los procesos internos y mantiene fuerte el sistema de defensas del organismo.

El invierno es, por tanto, la época donde se elabora y proyecta la comida que se consumirá a lo largo del resto del año.

La primavera es, en el alma humana, el momento de abrir las puertas y ventanas de nuestra casa. El invierno nos ha dejado las directrices y los objetivas y la primavera es la estación del alma que saca fuera todo para que se airee, se nutra con la lluvia de las emociones y todo vaya perdiendo el color uniforme para ir tomando diferentes tonalidades en función de los objetivos que se hayan programado durante el invierno.

La primavera es pasión y, por lo tanto, irreflexión, pero en el fondo es necesario un punto de locura para arrancar el motor de la voluntad y ponerse en marcha.

La primavera es como la adolescencia, todo ilusión y nada de presión.

El verano es un momento en el alma humana de apertura a nuevas experiencias. El sol es vida y es calor y ambas cosas son fundamentales para obtener una buena cosecha.

En verano se materializan muchos de los proyectos pensados en invierno, pero el verano consume mucha energía,  a fin de cuentas en verano toman forma las ideas y cuando las ideas se materializan consumen mucha energía. Además, los miedos al fracaso y las inseguridades, restan energía al vehículo de expresión del alma que es lamente.

Así pues, el verano es tiempo de cosechar, pero no todo, porque el otoño también tiene mucho que dar.

Y el otoño, que a mí me gusta mucho, es al momento en el que el alma descansa, mira, observa y recoge los frutos que la naturaleza no ha necesitado sembrar, porque forman parte de su esencia, de su forma de manifestarse.

El otoño es la preparación para la interiorización del invierno pero es, sobre todo, reflexión del camino andado hasta ese momento. Es la estación de la contrición, del aceptar los errores y de saber que se pueden superar.

El nos da su bendición por el trabajo hecho y prepara cuerpo, mente y espíritu para una nueva etapa. Es la estación para el gozo interior.

    Hasta otro día amigos.

    Un abrazo.

    Agustín

Este diario lo hacemos todos. Contribuye a su mantenimiento

ING Direct - Sierra de Gata Digital
Nº CC ES 80 1465 010099 1900183481