143. El miedo a morir

Dos emociones básicas mueven nuestra vida: el amor y el temor. Así como la ausencia de luz genera la sombra, la falta de amor da lugar al temor. El amor afianza en el interior la confianza, de la que nace la seguridad. En esta seguridad nos reconocemos, nos autoafirmamos y nos amamos.

En el amor, las emociones destructivas desaparecen: con una pizca de ese amor, que en nuestro corazón es alegría, ninguna otra emoción se queda retenida, y por la misma razón no asume características destructivas. El temor puede ser el de perder, el de no dar la medida, el de no ser queridos. Pero todas estas variedades de temor están sustentadas por el verdadero temor: el miedo a morir.

Pero existe la posibilidad de morir con alegría, esa muerte digna de quien vive el final de sus días como un nuevo amanecer, nos lleva a replantearnos la creencia de la muerte como el final absoluto de la vida. Se muere el cuerpo, y eso es cierto, pero cuando reducimos la vida a la dimensión física del  cuerpo, terminamos creyendo que al morir el cuerpo se acaba la vida.

Y es que el miedo de morir, que es el padre de todos los temores, parte de la confusión de que la vida es el cuerpo. Sería  sin embargo absurdo, que más de quince mil millones de años de evolución terminen para nosotros cuando muera nuestro cuerpo.

Si solo pudiéramos vislumbrar que la conciencia trasciende al cuerpo, como nos cuentan personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte, cambiaría nuestra perspectiva de la muerte y se llenaría la vida de un sentimiento de trascendencia. 

El hecho de confundir la vida con el cuerpo, es como confundir el músico con el instrumento. Lo cierto es que el espíritu es música, el alma es él músico y el cuerpo es el instrumento.

Cuando se destruye el instrumento no desaparece el músico ni la música, aunque  ya no la podamos escuchar. Debemos entender que el amor no se acaba con la muerte del cuerpo físico, porque el viaje del espíritu que vive en nosotros es eterno.

Comprender científicamente la muerte cambiaría de tal forma nuestra vida, que incluiríamos la muerte, al igual que el éxito y el fracaso, como parte de nuestra existencia. No lucharíamos tanto contra la enfermedad y aprenderíamos sus lecciones para sanarnos por dentro. Lo que nos llevaría a estar más contentos disfrutando de la vida como el viajero que disfruta de la embarcación en que navega por el océano de la creación.

Admitir que la vida es solo un determinado ordenamiento de partículas, es como creer que las personas que vemos en la pantalla de la televisión son solo la consecuencia de los cristales líquidos o los electrones que se mueven por ella. 

Existe alguien que por nuestros ojos está mirando, alguien que nos habita y toma posesión de nuestro cuerpo cuando nacemos, alguien que emprende el viaje de regreso cuando morimos: es el Alma, el músico, el intérprete de ese maravilloso instrumento que es nuestro cuerpo. Vivida desde el alma, la muerte no es nada más que una transición, el proceso a través del cual el gusano, que es nuestro cuerpo,  pasa a ser la crisálida, que es nuestra alma, y así poder desplegar sus alas y volar de vuelta casa.

    Hasta otro día amigos.

    Un abrazo

    Agustín 

En homenaje a Justo Franco, fallecido recientemente.

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