viernes. 14.06.2024

Poco a poco, el aire de la sierra va siendo tomado por el sonido que producen las vareadoras en la recolección de las aceitunas. El aire transporta las vibraciones de éstas: un zumbido incisivo, más o menos estridente en función de la resistencia que le presenten las ramas del olivo; un sonido que penetra por todos los rincones de la Sierra, enmascarando cualquier otro tipo de sonido que nos ofrece la naturaleza a estas alturas de año: el caer de las piñas al suelo, los cantos de los pájaros que barruntan la llegada del invierno, el chasquido de las hojas muertas que vamos pisando al andar...

Lejos quedan ya aquellos años, cuando el verdeo permitía escuchar más matices en su labor y dónde los sonidos dominantes eran muy diferentes y más gratos. Entre los que destacaban las conversaciones de los grupos que componían las partidas de trabajo, junto con otros sonidos más íntimos, como el que se producía al “ordeñar” las ramas, un golpeteo de pulsos más o menos regulares espaciados en el tiempo, tiempo en el que las manos buscaban una nueva rama para deslizarse y arrastrar las aceitunas.

El trasiego de las aceitunas, que corrían veloces de la cesta hacia la caja; algunos de estos sonidos todavía no se han perdido del todo y aún es posible escuchar esporádicamente estas experiencias o participar en ellas, volver a sentir la fragancia que exhalan los olivos, sus hojas, sus frutos. Disfrutar de los colores a los que nos invita nuestro cielo en el amanecer.

Paralelo a los tiempos que corrían (y corren) llegaron las vareadoras, con la promesa de obtener mayor rentabilidad de los recursos del olivar, sin embargo, el paso de éste nos ha dejado un campo devaluado y unas máquinas que provocan más incomunicación, que nos contagian con su velocidad y nos distancian del encuentro con nuestras raíces, el contacto directo con nuestra herencia... No hay tiempo ya!!!

Paisajes Sonoros II: El verdeo