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LAS LETRAS DEL VIENTO. El monaguillo Juan Carlos I

Juan Antonio Pérez Mateos | Escritor y periodista

Juan Antonio Pérez Mateos | 16 de diciembre de 2014

Juan Carlos I de niño
Juan Carlos I de niño

Ya han pasado años, Señor, –no pasan los años; pasamos nosotros– y ha llovido tanto, tantas horas han llenado la hondura de sus vivencias, que, eterno se le habrá hecho su larga marcha hacia el Trono, su estancia en él, en esa andadura, tensa e intensa, cuando seríais conscientes del peso de la púrpura,  el significado de la Corona, símbolo regio de vuestros antepasado, su Augusto Abuelo, Alfonso XIII, el Palacio Real, donde dormía y “descansa” la Historia, tremenda y conflictiva historia, ante tantos testigos, mudos algunos, esa fachada del Palacio de Oriente, por ejemplo, donde en la tormenta como en el sosiego suena la caracola de la Historia de España, escrita en ocasiones, con reglones torcidas y, en otras, por pendolistas de letras góticas.

Ahora que gozáis de bonanza, que participáis del júbilo, se extiende, no obstante, vuestra sombra como la del ciprés, que es alargada y, sin embargo, pensativa para los que hemos vivido tiempos de turbación y bonanza, tras el periodo bélico - tres años como tres siglos -, los cuarenta años de Franquismo, cuando el Palacio de la Zarzuela alumbraba, tibiamente y esperaba abrir sus puertas a un sol claro y a un período nuevo,  allí donde se escribiría una nueva historia de España, tras dejar atrás una guerra incivil, y lo que pasaría por vuestra mente, y el acto en el Cerro de los Ángeles, cuando pisabais suelo español, entre coplillas ultras y de mal gusto, tiempos de Las Jarillas, Miramar, Las Academias Militares, la larga espera, el 23 F, que esperaríamos impacientes vuestra imagen, en una noche “eterna” hasta que aparecisteis, Señor, ante la caja mágica. Ahora ya, pelillos a la mar, marinero en tierra, marinero en mar con Don Juan desafiando una travesía inolvidable, y esa lejanía, cercanía en “Villa Giralda”…

Ahora buscaré, en el pozo de la memoria, aquellos años adolescentes recuerdo de los verdes campos suizos, su estancia de aquellos años, cuando erais un adolescente, aquel Príncipe, vestido de monaguillo, con una cajita de pétalos en sus manos para arrojarlos en la procesión del Corpus en Lausanne, años de estudio y rosas, la Ville Saint – Jean, los marianistas, el gran preceptor Eugenio Vegas, el duque de Parcent, la Primera Comunión y cuando preguntaría un JUANITO, abierto y cordial: “Cuando vamos a hacer, otra vez, la Primera Comunión…; esa sí con desayuno”. Aún recordaría aquel opíparo desayuno. Y, como en Francia se celebran dos primeras comuniones – el seguía el plan francés -, la primera, privada, se celebraba a los ocho años; la otra, a los doce, era pública y solemne.

Al ver esa bella imagen de roquete y sotana, cuánto habría dado yo por vestir, de esa suerte, en mis tiempos de monaguillo. También Juanito ayudaría  a la primera misa de mi conocido marianista, el padre José María Ruiz. Muy lejos de esos fastos, yo haría la Primera Comunión, en la bella iglesia de Ntª Sª de la Ascensión, en Villanueva de la Sierra, donde la haría, hacía años, el ilustre doctor, Laureano García Camisón, médico del bisabuelo de Don Juan Carlos, Alfonso XII, y al que le asistiría, en la hora de su muerte, en el Palacio del Pardo.

Pérez Mateos ha escrito cuatro libros sobre la figura del Rey Juan Carlos I.

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