Lo comentaría con Alejandro Casona, tiempo ha, él tan metafórico y teatral, sus árboles en el fondo del escenario y recordaría, a la vez, los álamos de mi infancia y, hasta tal vez, los álamos laurentinos de Alonso Mora, allí en el Egido, extendidas las sombras sobre una curva, similar a la del Duero machadiano, pero esta, lamentablemente, de almendrilla, álamos centenarios, ya en el último suspiro, que nos metíamos niños en los troncos entre gozos y risas, con el sol y sombra dibujada sobre la vieja carretera, cuasi en un réquiem, sellos arbóreos plantados por nuestros antepasados, tras la feliz idea del párroco de Villanueva de la Sierra, don Ramón Bacas Rouxo, de feliz memoria, clérigo mayor de la Naturaleza, animador de ese oasis  altivo en pleno Egido, homilías de brazos entusiastas en un aire puro, ramas y hojas que alzarían la belleza de sus brazos y sus hojas ante la vieja arquitectura de la villa; que sería día grande en ella, correría el vino y sonarían dulzainas y tambores; y corría el año de gracia de 1805 y, de esta suerte, el árbol tendría su fiesta, por primera vez, en el orbe; y hasta el regeneracionista Joaquín Costa levantaría acta de la misma en sus escritos, cuando eran regidores Pedro Arquero y Andrés Hernández y, de esta suerte, la “Fiesta del Arbol” se convertiría en un estímulo más para amar el árbol.

No se sabe bien si sería un domingo o martes de Carnaval y, en el espíritu de don Ramón, estaría convertir los terrenos de Villanueva de la Sierra en una floración, en un glorioso ejército de troncos, ramas, hojas y sombras; y luego, transcurrido un tiempo, muchos de los parajes serían plateados,  hermosa hopalanda de olivos con lentejuelas verdes de la vid. No sabemos si ya se celebraría o no la romería de Dios Padre; y de esto daría fe el admirado y siempre en los afectos Valeriano Gutiérrez Macías, con su pasión de buceador de legajos y cronista mayor de la tierra parda.

Ese paraje donde brotaría el hermoso edén, está muy vinculado a mi vida: en afectos y sueños, sensible a sus siluetas …: el arroyuelo humilde que manaba en la ladera de la Sierra de Dios Padre, cruzaría el Egido y se perdería, aguas abajo, junto a mi molino Cimero y, en una de estas fiestas, yo plantaría un ciprés – ahora muy crecido -,  con su sombra alargada hasta la casa de mi padrino, Rufino Saúl, hombre de versos y gran calígrafo. A una de estas conmemoraciones, vendría el recordado Manolo Veiga, hombre de saberes y presidente de la Diputación.

Después, al final del Sahual, se alzaría un monumento al árbol, muy abstracto y de poco reconocimiento para las retinas de los vecinos, que, incluso, lo llamaban, no sin cierto desprecio, “el árbol del ahorcado”, a pesar de su simbología. De todos modos, fiel a ese amor por el árbol, Elías Durán, hombre acaudalado y de saberes, detrás de su bella casa en la plaza, crearía un pequeño huerto - jardín con especies muy raras, como cicas, olorosas magnolias y muy sabrosos frutales, edén cuasi versallesco, remembranza, incluso de la Toscana. Qué vergel y qué pena que sólo queden algunas palmeras, como las cantadas por Miguel Hernández:”Alto soy de mirar a las palmeras”; y el impresionante magnolio, bello perfil sobre el plano inclinado de los tejados; y la altivez del campanario y, en la cima, la ermita de Dios Padre. ¡Qué miranda según se accede a Villanueva desde Pozuelo de Zarzón!

Villanueva de la Sierra acoge a los hombres de Adisgata y a otros tantos romeros, enamorados de la Madre Naturaleza, de la sombra que nos cobija, de la altivez de los árboles – los árboles mueren de pie, según la obra de Casona –; y  recordaré aquellos viejos troncos, donde urdí tantos sueños de infancia, y los olores y rezaré la plegaria del árbol:

“Tú, que levantaste contra mí tu brazo armado,

antes de hacerme mal. ¡Reflexiona!

Dios me ayuda a crecer sin molestar.

Soy la sombra amiga que te protege del sol.

Mis flores y frutos sirven a tu recreo.

El bosque en que vivo es fuente de salud y belleza.”

Artículo publicado por Extremadura Digital y cedido a este diario por el propio autor.