Cuando Pidal vino a San Martín a escuchar el mañego

Ramón Menéndez Pidal
Ramón Menéndez Pidal

Solo un amor desmedido por el estudio del lenguaje, llevaría a Ramón Menéndez Pidal y a su mujer, a lomos de caballería, el año 1910, hasta el rincón mágico del Valle de Jálama, Val de Xalama. Eso sí era convertir el viaje – para Pavese - en una brutalidad, dado cómo estaban los caminos, senderos de herradura, ¡y la distancia. ¿Y qué movería a esa ilustre pareja a  estos pagos?. Pues, muy sencillamente: un amor desmedido por el lenguaje, recoger los vocablos de “a fala”, que brotan de una lejana heredad, cercano, sin embargo, el país del fado, la lengua de Camoens.

Aquel verano de 1910, Menéndez Pidal, con cuarenta años, lo había pasado buscando el fresco de las fuentes en La Granja de San Ildelfonso. Una misiva desprendería una inquietud propia de estos buscadores del lenguaje, estudiosos de las palabras, romanceros en busca del tesoro de la fonética o del dialecto. Sólo un amor desmedido por la investigación, llevaría a Menéndez Pidal y al portugués J. Leite de Vasconcelos a buscar las raíces del lenguaje como zahorís de un tesoro, el de la lengua.

 Ese viaje de Menéndez Pidal a este rincón mágico del Valle de Jálama – Val de Xálima – en aquel lejano septiembre del año de gracia de 1910, obedecía a la respuesta de Don Ramón a una carta que, en mañego, le escribiría Federico de Onís a Pidal. Aquel, al oír la fala, descarta toda relación con el leonés ”podéis formar la idea del habla sanmartiñega – dice Onís -que desde luego tiene que quedar fuera de nuestro dialecto leones, porque no hay sombra de  diptongación en ninguna de las formas de este. Creo – sentencia -, que puedo afirmar esto con toda seguridad. San Martín, Eljas y Valverde ofrecen la particularidad notable de hablar un dialecto fundamentalmente portugués”.

Onis instaba a visitar los tres pueblos del Valle de Jálama “por el gallego – portugués que hablan sus habitantes”.

Conviene no olvidar, en esta “gesta”, el nombre de un gran personaje, José López Vidal, muy preocupado por la cultura autóctona de estos pagos.

En San Martín, Menéndez Pidal y su mujer se alojarían en la casa de Don Luis Gutiérrez de Ojesto y, a caballo, recorrieron Eljas, Valverde del Fresno, Villamiel, Trevejo… y otros pueblos.

Gutiérrez de Ojesto era consciente de lo que había significado un viaje de esa naturaleza, como para inscribirlo, con letras de oro, en su paso por la tierra. Pasarían muchos años – cuarenta y cinco – y, a su misiva, le respondería Menéndez Pidal con un tarjetón, escrito a mano, y recordando aquella “gesta” como un caballero medieval de los fonemas. Y aludiría Don Ramón a sus, en esa época, discípulos, después grandes maestros, como Américo Castro. Resulta conmovedora esta misión, este estudio y rescate por un tesoro tan hermoso como es el habla, palabras que emanan del surtidor del alma.

Ya dice el Evangelista que de “la abundancia del corazón habla la boca”. De cuando en cuando, yo abro el mío y escucho el susurro de las aguas por las calles y, en alguna ocasión, riachuelos que quizás lleven suspiros o, tal vez, yo los oiga, palabras bellas, castellano y a fala, además,  qué sonoros…, ecos de Yus, por qué no, tal vez por la calle Forti, por qué no. Qué San Martín, a la luz de la luna, hechiza. Y todo es arcano en su fala y en la sonoridad de nuestra lengua materna.

P.D. Sugiero, a esa gran Corporación, un motivo – llámese una inscripción -, que recoja el viaje de Menéndez Pidal -. 

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