Qué te trajo a este paisaje, Sara; qué hallaste en él, sí qué bálsamo encontraste en el oleaje de montes, qué embrujo plateado descubriste en los olivares de mi Extremadura, como se cantaba en una zarzuela, en esta paleta de colores variados, que levantarías tu caballete en Villasbuenas de Gata, como quien alza una tienda en el regazo de un bello paisaje, sin más premio que dejar la mirada tendida en las ramas de los olivos. Yo entiendo que te enamoraras de estos oleajes montañosos, que soñaras con la Almenara, farero pétreo y melancólico de olas de viento, caricias del ramaje de los olivos,  quizás sentada, Sara, viendo correr el agua del Arrago con sus prisas por abrazarse a otros arroyos y así, en esa cadena gota arriba, gota abajo, dejarnos y cantarnos las coplas de Jorge Manrique cuando, en la fantasía, se llevan nuestros gozos y nuestras sombras al mar, que inspiran, los ríos, a veces, un sentimiento humano, mira que le habré yo dicho palabras bellas al Tralgas, que hasta nos han besado, humedecidos los labios, en los charcos más humildes.

Qué paisaje te arrebataría tu corazón, Sara del alma mía, porque este campo es tan distinto a tu paisaje regazo, de oleaje de trigos, en La Mancha; qué flores no se reflejarían en tus ojos, qué petunias bajo el arco de tus cejas… No lo sé, quizás tú tampoco, porque, en el fondo, conocerse humanamente es tarea ardua. Sin embargo, estos lares te han cautivado, no sé qué te habrán dicho, pero te han prendido, hasta el punto de que, en Villasbuenas de Gata, tiene tu catalejo de redondas, negras y cursivas y las expandes a través de la postal mágica de tu digitalino y, generosamente, nos acercas el mundo de Sierra de Gata, como esa carta digital que nos llega cada día, lo mismo que cuando éramos jóvenes – yo, al menos – lo esperaba como el carmín de un sobre con unos labios puros y la flecha, vía cartero, que se posaba en la retina como una alondra enamorada.

Qué sería de ti sin tu “digitalino”, sí, qué sería de ti, pero que hubiese sido, además, de nosotros, que abrimos, gozosamente,  y nos acercas el mundo entre esas montañas, con ese léxico tan peculiar con ecos de la fala y el fado. Sí, Sara, tú has escrito tanto como El Tostao y, especialmente, coges tu trompeta de alguacil y, desde las cumbres o desde el sosiego de Villasbuenas de Gata nos envías mágicamente un mundo digital y, gracias a ti, la distancia no es el olvido; es el sueño del humo de la vida, el azul que cubre la pantalla y nos llega  con un azul celeste.

Eres esa pregonera mayor de la Sierra que, desde Jálama, como una voz mora, nos acercas ese mundo de amor, postal de cada día, “las cuatro letras” de los abuelos novios y, gracias a ti, a tu diario, soñamos que la lluvia habrá dejado limpia la sierra; que los regatos no están secos; la palabra va de boca en boca en ese edén, que Dios nos dio, que por qué no pudo ser un paraíso y lo sigue siendo. Estas palabras son algo del Diario de Sara, las cuatro letras, las que esperábamos, cada día, de la madre, la novia o el novio, gracias a los viejos cacharros que se dejaron las ballestas en las carreteras y del cartero con su maná. Gracias Sara – cuánto te debemos – para que la Sierra se asome al mundo y los hombres escalen, mágicamente, las horas del día, que para algo el mundo es muy hermoso, gracias a Dios y a ti  Sara, que nos lo muestras, en compañía del inteligente Mateo. ¡Qué gran sueño!

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