LAS LETRAS DEL VIENTO. Aquellos bandos de los alguaciles

Trompeta de Facio
Trompeta de Facio

Ya no volveré a oír esa bella trompeta de Bonifacio, ya nunca más me llegarán sus palabras a mis oídos, será el alguacil que, hace décadas, anunciaba desde las puerta del Cura, la llegada del capador de Frades hasta, qué sé yo, la presencia de un pescadero que había llegado a la plaza con sardinas. Cuando Facio tocaba su trompeta, se hacía un silencio no digo monacal, que es mucho decir, pero sí un silencio a secas. Además, Bonifacio – Facio - tenía porte, vamos, buena estatura, y  talla de sargento para comunicarse con la tropa. No, Facio nos anunciaba la llegada a la aldea – a Palomero -  ese forastero que formaría parte de nuestro paisaje humano, de cuando en cuando. Qué se yo. La misma llegada de tío Juan y tía Maricanda, que vendían café y traían la mercancía oculta en el autobús de tío Florencio desde Villanueva de la Sierra hasta Palomero.

 Era aún esa época de estraperlo y racionamiento, cuando España era un escaparate de rostros famélicos, cuerpos delgados, hombres que habían perdido una pierna en la mina y cantaban coplas, a la puerta del sacerdote, “años del hambre”, que el pueblo era tan lejano del actual, que,  el otro día, pasaría fugazmente, por sus calles, ya desconocidas, sin un rigor urbanístico como casi todos los pueblos de esta España irreal. Para alimentarnos, se iba, por ejemplo, al ultramarino de tía Eufrasia a comprar bacalao y otras viandas. Tía Eufrasia tenía, además, una panadería.  Oh, el ultramarino, que me haría soñar con la lejanía y grandeza del Universo, esos mares, ricos en pescado, que me los imaginaba como un sueño y trataría de saber algo de ellos en mi libro de geografía o en un pequeño atlas.

Todo era tan distinto entonces, que ya es página sepia en nuestros días, porque,  en esos años,  el pueblo estaba vertebrado, no como ahora, que no están ninguno. Pueblos donde se ejercían oficios como reminiscencia de siglos lejanos. No faltarían zapateros, herreros,  sastres, barberos – hasta dos -…Ya esta época resulta anodina –  y lo digo sin nostalgia - la nostalgia es un error  -, porque han muerto tantas maneras de vertebrar la vida, que no sé si queda un platero – un burrito - ¿Qué sería de ti, Juan Ramón Jiménez?. Ni un mulo o una mula, quizás, si es que existe algún caballo mordiendo la soledad del pasto en un prado…. Ni las mujeres no irán ya a lavar al Arroyo Chica o al Arroyo Grande, ni  con el cántaro irán a por agua al pozo Reculas o al otro, donde los novios, si podían, le arrancaban un beso, ni estará la novia sentada en una sillita en calle frente al novio, donde se  arrancaban miradas bajo la luna. Hasta una historia podría escribir de esos años, vivencias que pasean por la nostalgia de mis chopos sin hojas.

Ya la tarde será hasta muy distinta, lejos de la solana de la Plaza Nueva, donde arañábamos los últimos rayos del día, cuando el sol se ocultaba y se oculta, lentamente, tras la Sierra de Dios Padre y recordaba a mis abuelos y a la tía Juanita. En la Plaza Nueva cosían las mujeres y se oían suspiros- la vida es un suspiro; está hecha de  suspiros - , y bordaban quizás un ajuar. Otra solanera era la de la Iglesia, tras la Cruz de los Caídos – ahora creo que sin nombres, como en Villanueva de la Sierra -, ni se oirán los campanillos de las cabras, porque ya no debe haber pastorías, ni leche de cabra - la hija de tío Gaudencio nos traía, cada mañana, esa leche que, a beberla se corría el riesgo de contraer fiebres de Malta -y, otro tanto, con las ovejas y el macho cabrío, amenazante y precioso, ni esa liturgia que se cantaba cuando el sol nos dejaba un poco huérfanos y tristes, el crepúsculo lento y el sol ocultándose en la hucha de la noche. Ya todo es color sepia en la memoria; y nostalgia – que es un error -, pero no me importa. Quizás, sin quizás, habrá desaparecido la fragua en las traseras, camino de la escuela cuando aprendíamos las letras cantando- uno por uno es uno -. Tampoco es que fuera la fragua de Vulcano, pero formaba parte del relieve humano en el altar de las primeras horas del día, herraje para las bestias, la alegría de Ricardo. Nada queda de la fragua del Sahual, en Villanueva de la Sierra, donde el carbón encendido retorcía pavorosamente el hierro incandescente; y los hombres conversaban, fulano iría a la hoja de tal sitio y mengano a otra y al Egido llegarían las cabras,  mansamente,  para incorporarse a la pastoría.

Ya ¡Fabio qué dolor!. Esta revolución agraria – signos de los tiempos - nos ha dejado sin aquellas imágenes, desnudos los pueblos, sin posadas, sin el coro del común, sin animales para ir y trabajar en el campo, labrar los olivos, qué sé yo. El pueblo se  ha “igualado” con la ciudad. Pero ha sonado el pregón, el bando. ¿Qué digo?. Era un sueño. Facio se marcharía con Dios y me dejaría su trompeta como recuerdo. Sí, Facio, la guardo como una reliquia.

Aquellos bandos: “Se hace saber de orden del señor Alcalde”, o cuando llegaba el capador de Frades…. Qué silencio para oírlos entre un sol otoñal, cuando el campo se vestía de amarillo y denunciaba´, no sé a qué instancia mayor de la Naturaleza, la caída de las hojas. Qué bandos y cuantos han marcado mi / nuestras vidas: el bando del fin de la guerra incivil: ”Cautivo y derrotado el Ejército Rojo”….

El alguacil de Villanueva de la Sierra era muy pausado y solemne, se apoyaba sobre la pared de la casa de mi tío Pantaleón y, bajo una luz mortecina de la Cervigona, le salía un cántico de otro mundo, eso sí, repito, muy solemne, consciente del valor de sus palabras. Ya todo este ritual de aldea se ha perdido.  Sin embargo, están muy de moda los pregones de las fiestas, que es un anuncio literario, previo a una conmemoración. Yo, por ejemplo, he sido pregonero en distintos sitios, anuncio de fiestas. En Malpartida de Cáceres, junto a su alcalde, Antonio Jiménez – que nos dejaste, Antonio, y Dios te guarde -. Dejaría mis palabras como ramos florecidos, bajo la luna de Palomero, y la Fiesta del Árbol de Villanueva de la Sierra, por no citar otras poblaciones y, siempre lo iniciaría con estas palabras: ”De orden del señor alcalde ( o regidor de esta ciudad o villa) ¡mirad que os digo: ¡Escuchad, oíd!”. Y tras un canto a la Villa o a la Ciudad, el regocijo propio de las fiestas y ¡el viva Palomero o Villanueva de la Sierra!.

En Castilla y en todas las regiones españolas se pregonaba  el “de parte del señor alcalde… se hace saber”; y, en aquella región, el pregonero recorría las calles tocando un cuerno; y hubo pregones tan graciosos como el de un pregonero que diría: “De parte del señor Cura, se hace saber que se prohíbe decir blasfemias  como, por ejemplo, esta y esta…” Hasta uno muy chistoso llegaría a decir en el pueblo castellano de Villatoquite:”Ha llegado a la plaza el frutero y trae merluza para los ricos y los enfermos y sardinas para los pobres y los gatos”. Pero otro, llegaría aún más lejos: ”Un componedor que arregla las sillas y a las viejas les cambia el culo”.

Pobres bandos o pregones de los alguaciles, sustituidos por el profano tablón de anuncios del Ayuntamiento. Es el signo de los tiempos. Antes era todo más comunicativo y más oral. Me lo dirá, una vez más, el gran Baudelaire:”¡Hay que ser absolutamente moderno!” Ahora, Facio o tío Toribio y su hijo Gonzalo sus palabras cantadas son ecos que el tiempo guarda en sus registros. “De orden del señor alcalde se hace saber que, de ahora en adelante, ya no habrá más bandos. En el tablón de anuncios de la Casa Consistorial, se enterarán los vecinos de cuanto respecta en la villa”. Oh si Facio o tío Toribio levantaran la cabeza o aquellos que nos darían tres cuartos al pregonero o pregonando a los cuatro vientos”.

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