LAS LETRAS DEL VIENTO. El bosque animado de Villanueva de la Sierra

¿Cuándo, querido y recordado Don Ramón Vacas Roxo, tuviste, reverendo, esa inspiración, ese duende de convocar a maestros y niños de Villanueva de la Sierra a plantar árboles y convertir ese espacio en un noble bosquecillo de álamos, predio del Egido, convertirlo en un pequeño bosque?. Sí, allí, donde muchos años más tarde, en el común de las cabras, bajaba el agua de la Sierra de Dios Padre – mira si estamos protegidos -, Sahual abajo, arroyuelo de traseras de Villanueva de la Sierra, donde hicisteis morada, como admirador de Santa Teresa, y florecería, bajo vuestro bonete, la feliz idea de plantar árboles, de que los niños hicieran un hoyo en la tierra y se alzaran  aquellos tallitos que, con el tiempo, les darían sombra, a los que la buscaren, una vez crecidos, embellecerían esos pagos, ayudarían, en fin, a dejar en la retina, la imagen de un bosque animado, que, en buen credo, aviva la inteligencia y ayuda a una sana respiración y, por ende, a una buena pureza de pulmones, protegernos del sol y aliviarnos con la sombra.

 Ni vos, Don Ramón, se imaginaría que el resplandor de esa idea, quizás mientras llegaba a la Iglesia, acogida a la advocación de la Nª Sª de la Ascensión, o en la sacristía, o quién sabe en qué instante, un rayo dejaría en su pensamiento ese bosque intuido y animado, y entonces, su inteligencia se abriría como una luz deslumbrante, en esos tiempos de fanales y candiles.

Y, entonces, que corrían días de Carnaval – don Carnal y doña Cuaresma, un martes, ¿no? -, tal vez ante un derroche de orgías, un ángel se posara en su bonete y vería, en esa tierra del Egido, un parquecito natural, pequeño esquema de paraíso terrenal, para una holganza más pura, y, por ende, buena para la salud en tiempos muy propicios a padecer de tercianas, paludismo y fiebres de Malta, debidas al consumo de leche de cabra.

Qué gran regalo, qué hermosa herencia nos dejaste, más allá de esos curas de misa y olla, como si hubieseis recibido un recado del Altísimo, cuando Villanueva sería un villorrio, a medio construir, casa de adobe, caminos de leguas, animales de carga, el caballo para el caballero. Qué odisea la de Don  Antonio Oliveros, hasta llegar a las Sesiones de Cortes, a la ya Tacita de Plata, hito grande en el devenir de la historia y que contaría a familiares y amigos. Y Juan Guerra, sacerdote, al que conoceríais, Don Ramón y a los antepasados del Doctor Camisón, que, naturalmente, se hablaba mucho de él, como brillante médico y cirujano del pueblo, que asistiría al Rey Alfonso XII en la soledad del Palacio de El Pardo, mientras la Reina y Doña Isabel estaban en Real.

Aquel Villanueva al que se llegaría por caminos de tierra, tan lejano del que nosotros gozamos – que las obras como  las ciencias han avanzado que es una barbaridad -  y, como otros pueblos, sumidos en una gran soledad; y el correo que llegaría por valigero y aquellos galenos y boticarios que curaban con fórmulas magistrales. Sí, Don Ramón, qué pena que no sepamos más de ese inspirado sacerdote que abriría al mundo el gozo festivo de los álamos y los chopos, cuando el Tralgas lloraría de ausencias y dejaría en sus aguas las coplas de Jorge Manrique. Qué alejados del Universo, antepasados nuestros, hechos de versos de Antonio Machado: ”Caminante /no hay camino / se hace camino al andar…” Aún este humilde escribidor, relator de la ausencia de corazones enamorados, tatuados en los álamos y en los chopos, que sentimos la ausencia de una chopera y, en ese Egido yo plantaría un árbol y, orgulloso estoy de él, un ciprés – muy cerca, de la morada de mi padrino, Rufino Saúl, que escribía sonetos y, con sus dedos, lloraba la guitarra -. Esos álamos crecidos en nuestra memoria – aún llegamos a jugar en los troncos de algunos – y cumplimos con el rito de sortear los novios…

Mire, vuesa merced, en esa casa del curato, tan distinta de la actual sin pilar al lado, perdidos del mundo, viajar, en esos tiempos, sí era una brutalidad, cuando, además, el orbe se movía cuasi sin noticias, que ese año, según el calendario gregoriano comenzó un martes día cuatro de febrero. ¿Se enteraría de que España y Francia acordaron invadir Inglaterra; que, por decreto, se suprimieron las corridas de toros; que Napoleón se coronaría rey de Italia en la catedral de Milán; y que Nelson derrotaba a la flota franco española; que se había inventado el refrigerador; que Dalton exponía la teoría atómica….?

Si levantarais la cabeza, don Ramón, cuanta sorpresa descubriríais, vuesa merced, hasta parecerse un rara figura, pero al mirar a la Sierra de Dios Padre, diría: “Sí es esta. Y el Egido es este. Quizás se hubiera “perturbado” al ver la época digital y ¡válgame Dios!. De la Sierra de Dios Padre, cuánto habría que contarle – y se llevaría las manos a la cabeza -, y acabaría, buen párroco, satisfecho por esta fiesta vegetal, a pesar de los pesares, que se han hecho en esa impresionante ladera, estremecido por la ausencia de vocaciones, y vería que los árboles habían muerto de tristeza  – los plantados por los chicos - y  morirían de pie, como Dios manda. Eso sí, estaría muy orgulloso de que, ese martes, unos niños habrían fundido la fuerza de sus manos con la sabia de los álamos. Y eso no era más que la savia, la fuerza de la Naturaleza.

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