LAS LETRAS DEL VIENTO. Con su guitarra Rufino Saúl dormía la noche

En esa curva que me recuerda a la del Duero en Soria, se halla la casa que habitaran mis padrinos – Rufino Saúl y Ana Mangas - en Villanueva de la Sierra y he visto en un cartel que se vende. Sí, se vende, y este hecho me ha resucitado los recuerdos, los de mis padrinos y, por ende, los míos, mejor dicho: los míos con mi padrino y mi madrina. Ese hogar que, un día, se quedaría huérfano, ha removido mis entrañas y vuelvo a ver al hombre en el recuerdo. No sé quién decía “que lo mejor del recuerdo, es el olvido”, pero, al pasar junto a la casa, he revivido ese otoño que llevamos dentro, esas hojas caducas que se han vuelto amarillentas en el ocaso de la vida, cuando el tiempo se hace más íntimo y lo amamos como nunca, sabedores que cogeremos nuestros pañuelos, aprovecharemos una brizna de aire y diremos adiós, cuando somos más recuerdo que nunca y afloran las hojas verdes del tallo que fuimos, ya otoñales en la alfombra dorada de quien, lentamente, nos vamos despidiendo de la vida o es la vida la que nos despide…

En esa casa, descansan muchos recuerdos idos – al fin y al cabo somos memoria – y se ha abierto este zurrón de los años y he paseado con el padrino y la madrina, que estuvieron junto aquella pila bautismal de Palomero, me los imagino que con la vela encendida, en el apartadito de la iglesia, oscura y triste, propia de posguerra y la frase de un familiar al sacerdote: ”Don Juan: ¡Échele mucha sal, que nos salga salado!”. Supongo que el pueblo tendría un rictus de tristeza, muy propio de la posguerra, cuando el hambre cercaba al hombre y este recurría a las lechuguillas de campo y, que tal vez, tras la ceremonia, se tiraran unas perras gordas y, de esta suerte, se había cumplido el protocolo.

Ahora, junto a la casa del padrino, ha crecido un ciprés – que yo planté - y su sombra es alargada hasta la casa. El padrino era hombre refinado como si hubiera bebido de las aguas del Renacimiento y me hubiera transmitido algo suyo, máxime en una pareja que no tenía hijos y, de alguna manera, yo cubriría ese huequecito del corazón. El padrino había bebido de las aguas claras de la poesía y estaba tocado por la gracia de la música. El soneto y las cuerdas eran mucho su espíritu, frente al pragmatismo de la madrina. El derramaba las palabras por las sencillas revistas de la época y florecían en las páginas literarias de las más variadas ciudades de España. En el fondo, era un incomprendido, y yo, hasta cierto punto, me constituía en una pradera donde derramaba sus versos como el campesino el trigo. Además, admiraba su caligrafía, la belleza de sus letras como un pendolista del Renacimiento.

En mí, el padrino había encontrado una sementera propicia, porque el ambiente no le era para admirar aquel volcán de liras y sonetos y deleitarse con las notas de la guitarra. Un destino en Sitges y la tramontana lírica de Espriu, lejos de Atahualpa Yupanqui y, sin embargo, haría suyas las palabras del guitarrista sudamericano:”Yo camino por el mundo. Soy pobre. No tengo nada. Solo un corazón templado, y una pasión la guitarra.” ¿Qué habrá sido de su guitarra? ¿Añorará aquellos dedos que la acariciaban como se acaricia a una mujer y las notas besaban la luna, aquella luna que manchaba de plata el agua de la laguna donde brotaban los juncos?. A veces, abriría el corazón en su sístole y diástole para llenarlo de fusas y  semifusas, mientras croaban las ranas y las noches se dormían con nosotros, no nosotros con la noche y parecía que la vida era tan rica y soñadora, que habríamos alzado allí, al borde de la estatua de un joven – Inocencio Rubio - que murió en la guerra de África y seguía como un centinela. Qué sensualidad, qué bella era la vida y qué clara la luna y las sombras qué misteriosas.

Aquel tiempo de oro y plata, aún rasgada el alma de quienes habían perdido un hijo en la contienda incivil, los álamos y sus oquedades ya envejecidas, tras la feliz idea del sacerdote Ramón Bacas Rouxo, de enaltecer el Ejido de árboles, en cuyos troncos jugábamos los muchachos sin saber el valor de esas raíces. Allí, precisamente, allí, el árbol enaltecía el paisaje y lacraba la unión del hombre con la Naturaleza, muy cerca del trepar de otros planteles en las laderas de la Sierra de Dios Padre.

Cómo cantaban los ruiseñores, y los estorninos, y quizás las tórtolas, y las Peñas de la cúspide de la Sierra de Dios Padre mostrarían a los pintores lo que significa el abstracto en el lienzo grande de esos pagos, con un aire de sensualidad, que los impresionistas franceses  - cuantas veces he pensado en ellos – no se trajeran sus óleos y dejaran para las pinacotecas obras lejanas al curso de sus ríos. Renoir – por citar uno - y esa legión de impresionistas.

Pero la gente del pueblo no sabe apreciar – no se le ha enseñado - a calar lo que pide otra mirada; y no sé a qué desván habrá ido aquella escultura expresionista del árbol de la vida, conmemorativo de que, en 1805, naciera en este pueblo “La fiesta del Árbol”.

Se canta lo que se pierde, dice el poeta. Por eso miro hacia atrás sin ira y, en el desván de la memoria, en las noches largas y gratas del estío, en estos óleos ocres, me llega el eco del croar de las ranas en la laguna – en su lugar, actualmente, una piscina -, los álamos, las sinfonías de un viejo mundo, la estampa sepia del padrino, Rufino Saúl y su caligrafía renacentista – qué gran pendolista - y aquel son de guitarra…, que adormecías la noche y necesitábamos que cantaran esas cuerdas. No sé quién decía que una mujer, cuando se enamora, se convierte en guitarra. Quizás, añorado padrino, en la humildad de tu tumba, dirás con Salvador Rueda: “Cuando muerto esté en la tumba, toca en ella la guitarra y verá a mi esqueleto alzarse para escucharla”.

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