LAS LETRAS DEL VIENTO. El Madrid que saboreaba nuestras aceitunas

Toda la Sierra de Gata y pueblos aledaños son, durante estos días, un festín de colores; vamos: una invitación a la vida, con este sol ya con picante otoñal. Tiempo de grandeza en nuestra zona, tiempo de esperanza y también de amor. Cuántas parejas abrirían sus corazones mientras vareaban y cogían aceitunas, con ese cristal de rocío. Amo estos días antes de que el sol nos despida más pronto, duerma largamente en la obscuridad más larga. Quizás ya aludiera a ese coro de vareadores y aceituneras, tantos recuerdos de mi pubertad en la lontananza de los años. Aquellos duros y eternos años de posguerra, bombillas mortecinas, fanales, sombras. Tiempo de silencio y estraperlo. Aún guardo en la troje de mi memoria, la llegada de la Fiscalía, las inspecciones, las denuncias, el miedo que atenazaba a determinadas familias. Se morirá el recuerdo conmigo, cuando la Fiscalía llegó a la plaza de Palomero con el fin de inspeccionar a una familia; y cómo mi padre – médico -, mediante una añagaza, se jugaría, con los “fiscales”, una partida de cartas, tras una invitación de unos cafés y, con el pretexto de ir a hacer “aguas menores”, mandaría un recado urgente a mi madre. Había que “salvar” la mercancía. Muy grabado está en mi memoria adolescente.

 Recordaré a la hija llorando, en la sala de nuestra casa y el ardid para trasladar la mercancía a un  lugar más seguro y, de esa suerte, burlar a los inspectores; y cómo desde Villanueva de la Sierra hasta Palomero venían los pellejos de aceite en un camión y, encima de ellos, “un enfermo” cubierto de mantas o, junto a la cerca contigua al molino del abuelo – hoy mío -, se dispersaban los cántaros de aceite; y hasta la agresividad en un pueblo lejano y un alambre, de cuneta a cuneta de la carretera, con el fin de herir a los “fiscales”. Todo eso con música de fondo del “Tercer hombre”.

 Esa era la España de silencio, cuando la voz de Lidia nos llegaba desde los Valles de Andorra. “Aquí, Radio Andorra, emisora de los Valles de Andorra”; y los discos dedicados, la voz de Juanito Valderrama y el “Bolero Mallorquín”, “tarará … rarará…” Sí, eran los signos de esos años cuarenta / cincuenta, de miedo y represión. Algunos crecimos con esos estigmas – “Contando los cuarenta”-, pero éramos muchachos de carámbano y barro, sabañones y brasero, chicos de un solo balón – guardado como un tesoro - y el sueño de Ramallet – al que yo he tratado, por cierto -, Kubala y la famosa delantera, que canta Serrat; u otros ídolos merengones. Todo era gélido y miseria, silencio y pena, pero éramos muchachos y hasta la luna nos invitaba a ver el mundo por un agujero mágico... En aquellos tajos de helada, donde moraba la aceituna – que adorarían los griegos -, brotaba, sin embargo, el amor. ¿Y dónde no brotaba? Y regresabais, que  os estoy viendo, cantando o silbando. Ya los mozos ni silbáis ni cantáis.

Ahora vendrá, sí,  pasea por mi memoria, aquellos viejos cacharros que, difícilmente, sorteaban una curva aldeana antes de alcanzar la plaza de Palomero. Qué maniobras, Señor. Esos ojitos pequeños miraban las esquinas y la destreza del camionero. Tiempos en los que la aceituna, amontonada en el Egido, “viajaría a Madrid” y los castizos disfrutarían, en “La Corte y Villa”, de un manjar de dioses. Aquellos viejos cacharros las dejaban muy cerca del campo del Rayo Vallecano y todo Madrid, ese Madrid de posguerra, aliviaría, parte de su hambre, con el noble fruto. Recuerdo al Señor Cruz Domínguez – nacido en Tornavacas, amigo de casa – y su “imperio” aceitunero; y a los cubanos de Palomero y los depósitos en El Egido. El hombre le arrancaba al bíblico árbol la aceituna y, sin embargo, en Villanueva de la Sierra se le “consagraba” en los viejos y numerosos molinos, cuando el aire nos traía un aroma oleícola. Y se recaudaría un dinerito caprichoso, que hasta se fabularía y se aludiría a hombres “tahúres” y vistos en el Hotel Palace, bien acompañados. Qué tiempos, cuando la canción del crepúsculo era aquel sol largo y aquellas canciones de vareadores y mujeres alegrando las miserias y las ideas de la época. ¿Os imagináis una manifestación como la del otro día en Villanueva de la Sierra?. Oh, la libertad, recuérdalo, Sancho, que es grandeza y gozo que otorgan los Dioses.  

Cuánto siento no haberme unido a ese coro noble de peticiones y justicia. Campesinos que pasasteis junto a la orilla de la antigua laguna, donde croaban las ranas. Qué estampa…Si levantaran la cabeza nuestros antepasados, vete /veros a saber si no se hubiesen convertidos en estatuas que, desde tiempos de la República, no se conocía un hecho así, supongo; no lo ratifico.

Amo el olivo, ceniciento y plateado, como quien ama a una mujer y, hasta el otro día, en el olivar, abracé uno detrás de la Sierra de Dios Padre, en pagos de Aceituna. El Mediterráneo se acababa, antiguamente, donde el olivo dejaba de crecer. Ahora, en la lejanía, saboreo ese noble fruto – la aceituna -, que adoraron los antiguos griegos y Solón llegaría a dictar leyes para protegerlo. Como para que no / os las paguen como merecéis /merecemos. Qué el aire de vuestras voces cuelgue de las ramas plateadas.

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