LAS LETRAS DEL VIENTO. Réquiem por Sagrario, hija de Ana Arias

“Vivir la vida de tal suerte que viva quede en la muerte” Santa Teresa.

Entre un verde rabioso y la canción dorada de los árboles, he oído las campanas doblar por los muertos y he contemplado los pasos y las lágrimas de  los deudos, estos días de tristes recuerdos en los cementerios. De muchacho, las campanas doblaban por nuestros queridos muertos y sus badajos dejaban un seco sonido entre el metal y el corazón. Tras el golpe  sonoro y seco del ataúd, se agrietaban los corazones y los recuerdos se anidaban, tristemente, en la canción dorada del otoño, cuando las hojas secas suenan bajo nuestros pies y los árboles se desnudan lentamente. Acariciado por un sol cansino, yo pisaba, casualmente, el cementerio de Villasbuenas de Gata, El Día de los Difuntos, con el alma desolada sobre esas sencillas y humildes tumbas en el suelo, el símbolo de la Cruz, donde el boato funerario habla de la condición social de los difuntos. Cada deudo llevaba su escapulario doloroso colgado del alma y el recuerdo sepia de deudos y amigos en la memoria.

Apoyada en  un ciprés, estaba una viejecita mujer de luto, sumida en una pena muy honda. Estoy seguro de que ella  permanecería allí – haría morada - hasta su último adiós a la vida – que suene el Tosca de Puccini - como el aliento más deseado para seguir  viviendo aferrada al  cuerpo que ella había traído a la vida: la belleza de María Sagrario Pascual. Sí, Ana Arias estaba allí  como un cirio que alumbrara la pena por la hija muerta; y no había más consuelo para  Ana que llorar por esa ausencia vital de cincuenta años, escapulario desesperado en su sístole y diástole. No sé qué pasaría entre ella y yo para compartir la pena sobre la tierra sagrada; y le dejaría, en su desolada y húmeda mejilla, un beso de alondra cuando aún no había llegado la tarde. No sé la magia que tiene el corazón grande de Ana, pero en esa soledad, junto al grandioso y original mausoleo, como no he visto otro: el de la familia de Godinez de Paz, alzado en el año 1882, Ana me explicaba, brevemente, la historia del patriarca Don Carlos y su mujer dormida, como él, por los días sin término, entre unas solemnes columnas griegas. Es uno de los monumentos funerarios más originales y solemnes que he visto y me traía recuerdos del Partenón. Qué lugar para dormir como solo duermen los muertos. Ese monumento funerario, data nada más y nada menos que del año 1882.

Qué magia despedían las palabras de Ana, qué susurros, qué historias como si algo se revelara en aquella lluvia fina de lágrimas, mientras olvidara quizás el dolor desgarrado por la ausencia de Sagrario. Aún no encuentro palabras para describir ese rato, que pasaría en el camposanto y el misterio andante de esa gran viejecita herida de pena y ausencia, mágica Ana, sombra bajo un sol otoñal  y un ciprés, alma grande. Nunca pensaría que, cuando yo era muchacho, y hacía sonar las campanas bien de Palomero o de Villanueva de la Sierra, en la noche de Difuntos, hallara un día lejano, en un camposanto, a un ser tan excepcional como tan mágico. Era un mediodía del Día de los Difuntos, en el Campo Santo de Villasbuenas de Gata, cuando las alondras cantarían quién sabe qué penas, y el alma de Ana interpretaría un solemne requiem de Verdi por su hija Sagrario, y yo escribiría que “la tierra te sea leve”. Amén.

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