LAS LETRAS DEL VIENTO. Réquiem por los viejos maestros (1)

A la memoria de los maestros, especialmente, a Cele y Juana Mateos.

 Aún en el paralelo del curso educativo, siempre nos acordaremos de vosotros, viejos maestros, escrito vuestro nombre en la lejanía de la memoria, en ese encerado misterioso donde escribimos los recuerdos con tiza y aquel polvillo banco que desprendía el cepillo, al borrar un nombre o un número, sí queridos y recordados maestros, recostados en el rudimentario sillón de posguerra, pupitres de posguerra, niños de posguerra, Pestalozzi de nuestra andadura de la infancia, educadores que militabais en nuestra “patria de la infancia”, cuando la vida se abría, cada mañana, a nosotros, “el buenos días, nos dé Dios” o “el Ave María Purísima”, aprendizaje quizás muy lejano al de Pestalozzi, que éramos hijos de un tiempo triste y amargo, época de posguerra, tiempo de silencio, lutos largos de silencio, sellos de labios de silencio, canción de “caminito que el tiempo ha borrado” o “De angelitos negros”, sin cabás, con algo que envolvería unas palabras, unos cuadernitos sencillos y humildes con rayas, acordaos de este gran hombre extremeño Agustín Sánchez Rodrigo y su revolucionario método de este gran paisano nuestro,  creador de “Rayas”, cuántas generaciones de hispanoparlantes aprenderían las primeras letras, niños en una escuela y niñas en otra – qué lejana la coeducación -, separados no integrados, lejanos no cercanos cuando, natural, lentamente, el corazón se nos iría abriendo tanta a las niñas  como a nosotros,  lo mismo que se abren las rosas, y florecen las margaritas, como una primavera de vida robada por la ausencia de la sensibilidad pedagógica, qué os habría dicho, amados y añorados maestros, Rousseau, por ejemplo, nosotros tallos; pétalos ellas, la belleza encarnada, el trazo de un bello rasgo femenino; nosotros viriles unidos a la sencillez de un juguete nacido de nuestras torpes manos, ellas con sus muñecas, sin darse cuenta de lo que encarnaban, niñas, hoy abuelas, niños, hoy abuelos, eco lejano de aquella militancia escolar, coro de la tabla de multiplicar, cuando la nacencia, el tallo crecía mansamente hasta tallarnos en el álamo de la Plaza Nueva y donde, muchos años después, quedaban los corazones, tatuados como chicos llamados a fila, o cómo íbamos creciendo esmaltados en el álamo de la laguna, “corazones partidos / que yo no quiero / porque cuando te doy el mío /te lo daré entero”. Y no obstante, felices, “dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”, gracias Benjamín Franklin.

Y el canto, claro que nos acordamos del canto – y lo repito conscientemente -, números que caminarían con nuestros ojos, que aún guardamos su eco en los oídos, güarismos que escribiríamos sobre la piedra que salvaba el curso invernal del Arroyo Grande, la palmeta dolorosa del maestro, ayes de dolor y castigo por una nimiedad, cuando iniciábamos el arduo camino de la vida, y agradecíamos el sol de la mañana o de la tarde como si fuésemos viejecitos de la solanera, el tiempo que había dejado sus raíces en la bella selva de mi madre Cele, cuando el paréntesis del nacer y morir, brotaba en la interrogación más escatológica del misterio del tiempo y nos enfrentábamos al sinuoso curso de la vida, más prosaico al arroyo Grande o al río Tralgas y no, no habríamos aún descubierto a Jorge Manrique, y sus “nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar”. Gracias, Jorge, por tu gran metáfora, por abrirnos líricamente el manantial de vivir y la desembocadura de morir, que, en verano, se secaba el hilo de agua de nuestros arroyos, bellos arroyos de Sierra de Gata, donde sonaban coplas de ciegos, o ayes del alma, arroyuelos sin pañuelos  de nuestras lágrimas.

Sí, queridos maestros, en mi memoria sepia veo vuestro cuerpo sentado, en un viejo sillón, debajo de un crucifijo, escoltado por los retratos de Franco y José Antonio. ¿Y quiénes eran? ¿Qué significaban?. ¡Todo es tan nuevo cuando somos niños! Carne tierna, vida breve y, sin embargo, vida eterna, lágrimas y ayes procedentes de no sé qué alcobas donde parían las madres. Y no, tardaríamos tiempo en saberlo, que éramos hijos de posguerra, de silencio y luto; y aquella Cruz de los Caídos y los nombres que sobrevivieron a la guerra de tres años como tres siglos  – “mañana en la batalla, piensa en mí”, de madres enlutadas, viudas enlutadas, brazos de hombre enlutados, nombres de batallas – “mañana en la batalla piensa en mí” – la del Ebro, la de Teruel, heridos apoyados en sus muletas, lejos nos quedaba Napoleón, la violencia de los hombres, la soledad de las viudas, vidas truncadas, cuerpos de metralla, lejanos ecos de pólvora y nosotros, niños, quizás viendo el rictus de la pena, el brazo en alto de un falangista, las estrellas de un militar y  el silencio - de tanto silencio sonaría el silencio - como la canción más triste; y gracias al canto de la oropéndola, o la del cuco o la de aquel jilguero en la metálica prisión de la jaula, igual que las perdices. ¡Dejadlas volar!. Y, ahora,  llega el momento del recreo y me acercaré a la laguna. El aula, por unos momentos, se ha quedado vacía. Un aula sin niños es como un cuerpo sin alma. Dentro de un ratito, volveremos a la escuela. Os recuerdo, a pesar del tiempo transcurrido y Oscar Wilde también os despide: ”El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”.

IMAGEN La maestra Juana Mateos con sus alumnas de Villanueva de la Sierra, en la década de los años cuarenta.

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