LAS LETRAS DEL VIENTO. Victorino, gloria y oro de tauro

Victorino Martín y Juan Antonio Pérez Mateos
Victorino Martín y Juan Antonio Pérez Mateos

Qué años aquellos, Victorino Martín, Victorino, un solo nombre como decir Miura o Palha, que entrarías en la hiedra cuadrangular de los carteles, hombre sencillo y campesino, no quiero decir, por delicadeza algo que me sonaba mal y tú lo llevas/babas con la simple y sabia filosofía del campo, hijo de la Naturaleza, criado en el vergel verde de los prados, en los predios de tu Galapagar, cuando éramos jóvenes y Tona nos daba de comer fuera de la Guía Michelin, pero dentro de su sabiduría aprendida en los fogones, allí en tu Galapagar, donde Don Jacinto Benavente tenía casa y ahora dudo si no estará enterrado allí. A Don Jacinto, por cierto, le hurtaría un dinero de la época, su secretario de la Sierra de Gata.

Sí, aquel Galapagar humano y de palabra que, muy cerca, recuerdo encuentros con otros hombres del toro, todo, en suma, giraba en torno a ese animal bello y español, de anuncio en carretera, piel de Iberia, sangre de Iberia, luto de Iberia, hora de Iberia, “a las cinco de la tarde / las cinco de la tarde en todos los relojes…” Lorca e Ignacio Sánchez Mejías – plaza de Manzanares -, Manolete y plaza de Linares, Paquirrí y plaza de Pozoblanco… A estas figuras, les llevaría la muerte los últimos vencejos de la tarde, el pitón certero, la femoral y las penurias de una época trasnochada y lejana: Manzanares, Linares, Pozoblanco, volcanes de oro y luto en la piel de toro. Que muy otra habría  sido la aventura de los diestros muertos, si Fleming hubiese descubierto, previamente, la penicilina.

Y aquellos comienzos tuyos, Victorino, supongo que muy duros, porque casi todo  es duro en esta vieja piel de toro – ahora no es tanto, empezaría a correr el dinero y la gente no medía ya las manos de las viejas faltriqueras -. Sí, no todo fueron pasodobles de vino y rosas, cuando el ruedo era una estampa cárdena y tus animales eran tus “vitorinos” y te viniste a estos pagos de Sierra de Gata, aquí, al lado de mi molino, en Villanueva de la Sierra, que en las noches de luna y hasta la cúspide de Dios Padre quizás me llegue el eco de tus animales, en el conticinio, desde “Monteviejo”.

Yo me corté la coleta tras escribir – dicen –un bello ensayo de toros, y me he alejado tanto de ese volcán de olés y verónicas que me convence la sabiduría del Eclesiastés, cuando alude a que cada época de la vida, tiene su momento. Yo dejaría en el Abc verdadero – el de Anson - despajada la plaza rectangular de redondas y cursivas a las envidias y a los celos –anda que si me coge ahora mis quites del perdón, se escucharían en la plaza de Manuel Becerra, donde se despedían, antaño, los duelos -. Díaz – Cañabate loaría en alto una de mis crónicas. Entonces, dije ya brotarán los celos. La vida. Pelillos, Victorino, a las aguas del Borbollón, predios que no recuerdo cómo los descubrirías, praderas de buenos pastos… y aquel susto, que estuvimos en vilo, cuando pudiste decirnos adiós trágicamente y mi médico, Rodríguez de Ledesma, sabio galeno de Castilblanco, te salvaría milagrosamente la vida.

Después, me han dicho que tu sobrino Adolfo ha corrido serio peligro. Pero henos aquí, vosotros en la gloria lorquiana de “las cinco de la tarde” y yo en la volátil soledad de redondas y cursivas, en mi ruedecito de una mesa redonda, como un caballero. ¡Qué se le va a hacer! Así es la vida: ”¡Vanidad de vanidades y todo vanidad!”.

No es oro todo lo que reluce y, detrás de la ganadería, existe un mundo que requiere más estudio de lo que parece, en ese gran laboratorio que es el tentadero y esa exclamación “¡puerta!” como si hubieseis, ganaderos, analizado el arduo mundo de la bravura. Lo observé en un ambiente cuasi sacro y ceremonial – como es el rito taurino - en la fincas portuguesas de los Palha y Assunsao Coimbra; o ante la sabiduría y el romanticismo de don Alipio Pérez Tabernero – qué señor -  en su finca cerca de Salamanca…

 Al fin Victorino ha entrado en la gran orla, en la gloriosa orla de criador de toros bravos –“como el toro bravo me crezco ante el dolor y ante el castigo –“. Y en la genealogía de la bravura…sus toros. Y el en el cuadro mayestático de criador de reses bravas… Y hasta esa imagen suya, su simpatía, su modo de saludar… han hecho de él una leyenda, un personaje popular, lejano de la casta de los ganaderos….algunos hasta Duque….el de Veragua, descendiente directo de Colón. A Victorino, el pueblo lo ha aupado, lo ha sacado en hombros y ha hecho de él un ídolo. Y cuenta con mi hombro y estas letras, que te cantan, en la soledad de la dehesa, entre grillos y bajo la luna lunera lo que quieras, Victorino, lo que quieras.

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