LAS LETRAS DEL VIENTO. ¿Y cómo llegasteis, hasta Villanueva de la Sierra, Santa Julita y Quirico?

Santa Julita y Quirico. Una imagen de GOYO SERRANO
Santa Julita y Quirico. Una imagen de GOYO SERRANO

¿Y qué hacemos tú y yo, carísimo Quirico, en esta bello templo de Villanueva de la Sierra? Sí qué hacemos  expuestos a los ojos de los fieles, cómo llegamos hasta aquí, a esta villa extremeña, tan evangélica por sus olivos,  amante del árbol. Sí, qué hacemos expuestos ante estos fieles: que nos rezan y piden mercedes por ellos y sus familias, enfermos y tullidos, algunos con fiebres de malta o con tisanas y paludismo, el maldito anofeles… Tú y yo, Julita y Quirico, juntitos con la palma, en la hornacina. A ti, Quirico, los fieles te miran más, especialmente los  niños. Quizás a  algunos les gustaría que jugaras con ellos, a la peonza o a la cadena, por ejemplo. No dejan de mirarte y te piden que te animes a la plaza a jugar al escondite, por ejemplo. ¡Qué niños!

Lo que es la vida, qué dura, los malvados hombres que nos llevarían al cadalso. ¿Qué habíamos hecho? Querer a Jesús, a Dios Padre, que está aquí, muy cerquita de nosotros; y mira que muerte tuvo, muerte de Cruz. ¡Estos hombres!. Amado Quirico dónde hemos llegado o dónde nos han traído: lejísimos, gracias a la fe de Jesucristo. ¿Qué sabrán de nosotros: yo Julita o Julieta y tú, hijo mío, Quirico o Quirce, que perdimos la vida por amor a Nuestro Padre y a Jesucristo en Licaonia, allá en el Asia Menor, a miles y miles de kilómetros. Estos fieles, buenos fieles de Villanueva de la Sierra, ignoran nuestra patria ni saben que tuvimos que emigrar hasta Tarso, ¡nada menos! ante el odio de los soldados del Emperador Diocleciano. Odio y maldad, únicamente por creer en Jesús.

Qué vamos a hacerle, perdonar, amar siempre. ¿Y dónde nos llevan? Aquel Ángel nos dijo, en voz alta, que mira cómo volaron los pájaros, mientras llegábamos a Antioquia, nada menos. ¡Qué sabíamos nosotros dónde estaba! Cuando nos abrazábamos y le ofrecíamos al Señor nuestra vida; y, ya cadáveres, nuestros cuerpos los llevarían de la ceca a la meca y, tras mucho peregrinar- nuestros restos -, acabaríamos, ni más ni menos, que en Marsella y guardarían nuestros despojos en la iglesia de San Víctor. 

Nuestro martirio correría de voz en voz y quien nos diría que acabaríamos, nada menos que en Extremadura – miles y miles de kilómetros -, en la parte norte, que es bella y rica en olivos, árbol tan vinculado a Nuestro Señor Jesucristo. Y hasta aquí, en Villanueva de la Sierra, en este bello altar mayor, con el oro de la púrpura, han tenido el detalle de recordarnos, amado hijo mío, aun cuando me confundan y me conozcan más por Julita que por Julieta. Ya sabes, hijo mío, que hay un matrimonio muy famoso por su amor: Romeo y Julieta.

Cuántas gracias, carísimo Quirico, hemos de dar al Señor Nuestro Dios por la fuerza que nos daría en esa tortura interminable. Solo la fe en Cristo nos hizo ser fuertes, hijo mío, aguantar un martirio, la crueldad de ciertos hombres. Qué Dios les perdone; y recurriremos al Padrenuestro, que nos daría el don de amar y perdonar. Y, desde entonces, la Iglesia, nos llama  mártires. Aquí, en Villanueva de la Sierra, bella villa, situada en pendiente, cerca de la iglesia donde estamos expuestos a la mirada de los fieles, quizás sepan algo de nuestro calvario – se lo habrá dicho, en algún sermón, uno de los sacerdotes o varios -. Pero, en estos pagos donde abunda el olivo ¡qué casualidad con Cristo! – aquel Huerto de los Olivos - y en las cercanías del pueblo, a varias heredades las denominan de los Mártires. 

Hoy, Quirico, cuando llegan estos días calurosos del estío, celebran una gran fiesta en nuestro honor. Qué detalle, hijo. Tocarán las campanas, impresionantes por sus sones; y un esquilón de bello sonido; y tiran cohetes en la plaza y en las plazuelas  en nuestro honor, y suena la flauta y el tamboril – antes lo tocaba, tío Sixto -. Porque esta villa, en lo terrenal, amado en Cristo, Quirico del alma, es de abolengo y, en la cima de su sierra, de variadas y extensas latitudes, han alzado una ermita en honor de Dios Padre, de gran regocijo para la vistas y hogueras de pastores; y, tal vez antorchas de villas como Hernán Pérez, La Torre, Torrecilla de los Ángeles…

Pero aquí, hijo del alma, que salimos, como ves, en procesión, nos llevan en andas a lo largo de las calles y, en la plaza, descansan, echan la bandera, nos reverencian y sus almas nos piden a ti y a mí mercedes por infecciones, paludismo y otras enfermedades. Así, en procesión, cuesta arriba, tras un pilar de agua, llegamos a nuestra hornacina, donde no nos faltan ramos de laurel, velas y velones, macetas con geranios.

Y, tras el reposo de costaleros y descansar tras el almuerzo – por nuestra festividad -, se citan todos en la plaza mayor, donde existe un rico pilar de aguas muy finas y, en nuestro honor, abren el toril, junto al Ayuntamiento, sueltan un toro en la plaza y los osados juegan con el bruto.

 Desde ese pilar, Sixto, que es hombre versado en el toque de la gaita y el tamboril, anima el festejo, desde un pedestal de piedra; y quizás se siente aliviado de los calores; y rica es la villa en agua, procedente de la sierra donde los manantiales alivian el cansancio con agua muy buena para padecimientos de riñón; esos ricos veneros de la sierra que lleva, con todo orgullo, el nombre de Dios Padre.

Además de abogados de los pobres, amado Quirico, nos tienen devoción – Bendito sea Dios -, los niños – ya sabes: “¡Dejad que los niños se acerquen a mí!¡” -. Pero, cada día, carísimo Quirico, hay menos. Acuérdate que tú, amado mío, eres muy querido de los niños. Y, además, somos abogados de los aserradores. Aquí, la Sierra de nuestro Dios Padre es una arboleda bellísima, tan hermosa que bien pudiera haber sido predio del Paraíso, y la llanura, con la excepción de cerros elevados, la esmaltan los olivos y grato es el aceite del lugar. Observa, hijo, cómo estos árboles están enraizados con la vida de Nuestro Señor Jesucristo, que nos recuerdan el Monte de los Olivos.

Juntos aceptamos los designios de Dios Nuestro Padre y, además de esta villa, nos veneran, amado Quirico, en Matute, pueblo de la Rioja, y en Palacios del Alcor, y en Castrillo de Villavega, en la provincia de Palencia. Por estas aldeas, también tocan las campanas y nos  llevan en procesión por las calles de la Villa y, en la plaza, agitan, como en Villanueva de la Sierra, una bandera española.

Cómo damos gracias a Dios Nuestro Señor, por estas efemérides, aunque nos duele que la iglesia esté, cada vez más vacía, este bello templo donde, hace años, casi ni se cabía, el sacerdote decía unas bellas palabras, y  Sixto tocaba el tamboril en el acto de la consagración…. 

Ya ves, hijo mío lo que fue esta villa y cuan diezmada está. Con gran regocijo, celebraban la fiesta haces años, que hasta soltaban un toro – no el de San Marcos, claro – y la gente se alegraba, bullía, carreras y sustos ante la acometida del bruto, que “que barría la plaza”, Quirico;  y  venían a rezarnos: “Vamos a la Santa”. Y vendían helados, y  comían turrón de La Alberca y la gente bebía gaseosa, cerveza y vino.

 Y Tu y yo recogíamos / recogemos sus plegarias, que sí hay devoción, aunque, cada vez, menos, como si, cada vez, florezca menos el espíritu. Y que la gente, Quirico, cada día bebe los vientos del materialismo y se olvida de la grandeza del Señor y hasta de nosotros, aun cuando les concedemos mercedes, abiertos, como estamos, a sus cuitas. Pero Tú y Yo los bendecimos, los conocemos a todos, sabemos sus dolencias y seguimos sus necesidades. Ya sabéis dónde estamos, hijos de Villanueva de la Sierra, cuidaos de los toros –aunque os haremos un quite - y si nos ponéis velitas, mejor. Bendiciones y salud de Julita y Quirico.    

Dedico estas líneas al sacerdote y los fieles de Villanueva de la Sierra. Felices fiestas.

LA IMAGEN QUE ILUSTRA ESTE ARTICULO PERTENECE A GOYO SERRANO

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