El gran maestro “Helénides de Salamina”

Helénides de Salamina
Helénides de Salamina

Dejaría este personaje una estampa mítica en Casar de Cáceres, no solo por su vestimenta - lo hacía como un prócer de la vieja Roma –, sino por la huella pedagógica que dejaría en sus alumnos, en el propio pueblo, en Cáceres y, especialmente, por sus amigos intelectuales, incluido Unamuno. Con él, la gente del Casar imaginaría la antigua vida romana, tan cercana en obras del Imperio, no muy lejanas del Casar de Cáceres.

Tras Helénides de Salamina – Ángel Rodríguez Campos -, se ocultaba un hombre sabio y  machadianamente bueno, que dejaría en la atmósfera de ese gran pueblo, una gran obra pedagógica y el sello de un maestro, tan ejemplar como culto. Quiero recordar que don Angel era de un pueblo cercano a la Alberca y, me atrevería a decir, que nació en Mogarraz, pueblos, coquetos y rancios – en el buen sentido de la palabra-, bajo la cumbre de la Peña de Francia, región de embrujo y soledad, sugerente, tradicional y combativa. Allí nació este niño lleno de sueños, brillante y soñador de la tierra donde brotaba la magia del latín y desfallecía el Tíber.

Ya en Salamanca, dejaría la impronta de un ser fuera de lo común, más adentro y fiel de su encarnación, que trataría a Miguel de Unamuno, cuando Salamanca era un mito de hombres y nombres, de un río Tormes de griegos y latines. Pertenecería al entorno de Unamuno y hasta hablaba latín y griego. No sé cómo llegaría hasta el Casar don Angel, tras aquella travesía humanística en Salamanca. Pero allí, en el Casar, levantaría el templo de la educación a sus alumnos, ante la singularidad de su vida: comería como se hacía en la vieja Roma: se reclinaba sobre el triclinium y hasta cultivaba un jardín y un huerto. Respetado, amigo de sus alumnos – pagaría la carrera a algunos -, escribió una obra cumbre de veinte libros y ventiún mil versos, comparable a obras tan magnas como La Ilíada o La Odisea. 

Toda su obra llena de elogios, sus tercetos pueden florecer, entre las grandes obras del Siglo de Oro. Sé que acudiría a Caceres y tendría, buenos y admiradores hombres de aquella época. Valeriano Gutiérrez, tan sensible y cálido, lo acogería con su bondad y admiración. Y Tico Medina lo incluiría en un libro de viajes. Allí, en El Casar de Cáceres, sigue viva su memoria y se celebra un certamen literario que lleva su nombre. Ahora dudo si yo no he participado en algún homenaje en su memoria. Creo que sí. De todos modos, aquí tenéis estas humildes letras, dedicadas a él, desde lejano recuerdo de su pueblo y El Casar.

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