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El Mirto (Myrtus communis L.)

José Manuel Robledo Vinagre | 25 de enero de 2013

El mirto
El mirto
Cuenta la leyenda, que una mujer sin hijos rogaba a Dios cada día, que le concediera algo que cuidar. “Aunque sea un mirto”, decía. Sus plegarias fueron escuchadas y dio a luz un mirto, que plantó y cuidó maternalmente

El mirto, murta o arrayán es un pequeño arbusto siempreverde que no suele alcanzar más de 2 metros de altura, ya que tiene un crecimiento lento.

Silvestre, vive en valles y laderas mediterráneas, pero lo más normal es encontrarlo cultivado en jardines.

Su nombre en latín (Myrtus) procede del griego "myrtos" derivado de "myron", que significa "perfume", fué consagrado a la diosa afrodita y se le atribuían propiedades excitantes. Simboliza el amor, el nacimiento y la resurrección.

Sus hojas son enteras, aovadas, lanceoladas, coriáceas y lustrosas, más numerosas con cada poda que recibe, ya que es muy adecuado para formar setos o figuras topiarias.

Las flores del mirto, cual estrellas inmaculadas, nacen donde se encuentran las hojas y el tallo, están compuestas de cinco pétalos blancos y de gran cantidad de estambres en el centro. Aparecen entre junio y agosto, dando lugar al fruto en otoño.

Su fruto, una baya redondeada del tamaño de un garbanzo, es de color azul oscuro, casi negro y está lleno de numerosas semillas.

Toda la planta es aromática, ya que desprende un agradable aroma al frotarla con la mano, es lo único que le asemeja a su pariente el eucalipto.

Virtudes

El mirto contiene tanino, resina, sustancias amargas y esencia, de olor muy agradable, está compuesta de d-a-pineno, hidrocarbiuro canfénico, cineol, dipenteno y mirtol. Sus frutos contienen además ácido cítrico y málico, así como abundante tanino.

Su principal virtud es la anticatarral y la antiséptica, pero también astringente, antiséptico y desodorante.

La esencia de mirto tiene propiedades balsámicas, antisépticas y sedantes, muy utilizada contra afecciones pulmonares y bronquiales.

Para ello, lo mejor es preparar una tisana, con unos 30 gramos aproximadamente de hojas por cada litro de agua, endulzándola con miel o azúcar de caña. Tomaremos tres tazas al día, justo después de cada comida.

Esta misma tisana, podemos utilizarla como antiséptica, para lavar heridas y úlceras, acelerando así su cicatrización.

También se preparaba antiguamente el "vino de arrayán", con propiedades aperitivas, macerando en un litro de vino bueno de la sierra, unos 100 gramos de hojas secas, pasados 10 días, se filtraba el resultado y se guardaba en botella de vidrio con tapón de corcho para tomar antes de comer.

Antiguamente se cocían sus frutos y con el líquido resultante se lavaban el pelo las mujeres, ya que tenía fama de ennegrecer el cabello, de eliminar la caspa, de sanar llagas de la cabeza e incluso de detener la caída del pelo.

Su madera es dura y compacta, adecuada para los ebanistas y torneros.

Cuenta la leyenda, que una mujer sin hijos rogaba a Dios cada día, que le concediera algo que cuidar. “Aunque sea un mirto”, decía. Sus plegarias fueron escuchadas y dio a luz un mirto, que plantó y cuidó maternalmente.

Un príncipe que iba de camino vio el mirto y quiso llevárselo a palacio, a lo que la mujer accedió después de hacerle prometer que lo cuidaría con esmero. El príncipe puso el mirto en su dormitorio y una noche, despertado por unos pasos en la oscuridad, encontró a su lado una maravillosa muchacha de piel sedosa, a quién abrazó y amó hasta la llegada del alba, momento en el que ella desapareció misteriosamente.

Durante seis noches seguidas el príncipe recibió en la oscuridad la visita de la muchacha, para volver a perderla al amanecer. En la séptima noche, decidió atarse un bucle de la extraña visitante al brazo y así, al salir el sol, pudo contemplar a su amante. Ella le reveló que era el espíritu del mirto y que podía tomar figura humana cada vez que alguien hiciera sonar una campanilla junto a la planta.

Unas cortesanas descubrieron el mirto, hicieron sonar la campanilla y, celosas de la belleza de la muchacha, se abalanzaron sobre ella y la destrozaron. Un sirviente encontró los fragmentos del mirto, los reunió todos, los puso de nuevo en el tiesto y, milagrosamente, la planta resucitó.

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